La noche empezó
calma, insulsa. En la radio sonaba algo de música clásica y todos los
pensamientos danzaban ensoñadores alrededor de una botella de vino tinto. En
cambio no había nada. Que estúpida y miserable se volvía la vida.
Es otoño,
extraño, erizado como rayos negros en el cielo, parece una pesadilla eterna.
Algo monstruoso como barro invisible, algo que te da un pequeño empujón, y de
ahí en el desliz imparable y anónimo de la existencia.
¿Quién lo
invento?, pensó. Todo se basa en un cliché bizarro, el movimiento evolutivo del
hastío. Pensó en el último trago de vino, no lo recordaba, a veces sus sueños
se volvían profundos y los días se confundían como un gato enmarañado en medio
de un rio, en la ciudad, y viendo como ranas se humedecían en placeres,
placeres oníricos.
También había
pesadillas, oscuras, nocturnas y ella estaba ahí, sombría y terriblemente
hermosa. Eran miedos de soledad, miedos de amor y miedos de tristeza en la
noche.
Ahora con la
música, consigo mismo, con palabras se hundía en la más espantosa de las
esperas, una espera sin fin, sin motivo, ni una pisca de nada, de amor, todo se
esfuma y la necesidad de un trago, enfermo como con las uñas infectas y llenas
de gusanos. La energía del desgaste espiritual y la necesidad de un trago.
Solo tenía que
dormir, otra dosis de ensueños, de estar aplastado de tibieza y oscuridad, y
estar en una mente inmensa, rellena de
soledad y mundos extraños, situaciones confusas, violencia, amor y creatividad
en complejas escenas de rituales, ataques. El tiempo cambia radicalmente.
Transcurrida otra vida plena y excitante al menos por un rato.
El transcurso de
su sueño debió de ser inadvertido, invisible, pudo apreciar los matices
mágicos, las palabras traídas de orbita, del centro de la tierra, del mismo aire
o de sí mismo. En lenguajes extraños, tácitos. Voces físicas y miradas
transportadoras, pero pronto, en un segundo, menos quizás, todo se terminaría.
Como con la vida misma, el hastío, pero no, nada sucede.
La luz entra por
las rendijas de la persiana, el aire esta helado en su cara, en las manos. Otro
día, otra vez.
Esta despierto y
no hay nada más. Miseria. No puede sentir otra cosa que vacío. ¿Le falta el
alma?, pero qué importa, todo va a seguir en su estatus de melancolía.
Despertar, levantarse del lecho para abrigarse. El frio parece tener un encanto
romántico junto al gris, al amanecer y al rocío, a la pereza, la negación. Pero
más allá de la negación hay magia escondida en sutiles acontecimientos,
abrigarse del frio, del encanto romántico, flotar en la vida, en el día.
Sabía que iba a
ser aburrido, pero las promesas podían hacer aparecer una botella en el curso
de la horrenda batalla de obstáculos increíblemente innecesarios.
Apenas si pudo
calzarse unos zapatos y un pantalón, seguido de una camisa sucia, se la abotono
y busco algo de abrigo para salir a la calle. Todavía sigue pensando, mientras
buscaba un par de monedas y las llaves, el día no iba a darle una buena
oportunidad ni nada que se le pareciera, pero con un poco de suerte lograría comprarse
una botella de vino, encontró efectivo, abrió la puerta y salió a la vereda,
todavía con los ojos desacostumbrados. Dio un vistazo a la calle, a los arboles
desprovistos de hojas, ni un alma, ni un auto, ni gatos coléricos muertos de
hambre mimetizados con las bolsas de basura apiladas. Se limpió las lagañas de
los ojos, frotó un trapo contra la cara y se limpió un poco la nariz. Tenía el
pelo grasoso, sucio. En cuanto volviera se daría un baño, para refrescarse y
seguir con la vida, viendo la oscuridad de su habitación, escuchando un lamento
de silencio después de la música, escuchando sus pensamientos y después
bebería.
El almacén
quedaba a tres cuadras, guardó el trapo
y empezó a caminar, sus pies estaban lastimados, sus zapatos le lastimaban el talón y las vendas estaban manchadas de
sangre y quizás pus, no se las había cambiado nunca y su carne magullada había
empezado a cicatrizar sobre la venda. Le dolía, pero se había acostumbrado al
dolor simplemente forzándose a caminar por la ciudad, recorriendo la noche, los
barrios a oscuras, hiciese frio o lloviera o el viento soplara incansable y
violento, solo él a solas topándose con perros gordos vagabundos, dormidos en
los que ellos suponen tibieza y descanso.
Al cruzar en la
esquina un sentimiento empezó a rondarlo, cruzó la calle y se paró en seco, se
apoyó en un edificio y miró la ciudad. Era extraño, sombrío. El gris del
asfalto, el gris del cielo, el gris de los edificios y de los autos, todo en
matices perfectamente ideados. Solo los arboles eran negros, parecían húmedos,
chorreaban sus ramas como rayos apuntando al cielo.
Pensó que era
absurdo seguir con tanta superstición, se ubicó y volvió a caminar, despacio,
decidió sacarse los zapatos e ir descalzo, no había nadie para molestarlo, lo
hizo y siguió caminando. Hacia frio, mucho frio para ser ya bastante tarde en
el día, cerró su abrigo con unos alfileres y siguió hasta el almacén.
Tres gatos
enormes se le cruzaron en el camino, gatos extraños, rojos, verdes y tuertos.
Tomaban el control de la vereda y acechaban risueños, violentos, en busca de
alguna presa incauta, se acercaban lentos, pero era predecible el hecho de que
si lo veían lo matarían en un segundo, era la presa perfecta en el gris
nocturno del clima y los sentimientos. Los gatos tenían un punto ciego, él
simplemente pasó deslizándose por la pared, despacio, y vio como los tres gatos
pasaban como cangrejos zumbando musgo en frente suyo, eran hermosos, en sus
matices rojos y verdes, sus maullidos enloquecidos quemaban la ciudad con
histeria. Al fin vio como doblaban en la esquina y desaparecían lejos de él.
Siguió su camino
y llegó al almacén, miró por la ventana y notó algo extraño. Latas de salsa de
tomate, latas de atún, latas de duraznos en almíbar iban y venían de un lado a otro por el lugar
y atacaban diferentes puntos en el comercio. Las latas de tomate iban por la
verdulería y se comían las verduras lanzando gruñidos y espuma por sus bocas de
acero inoxidable. Las latas de atún atacaban la
panadería y el pan se defendía a gritos violentamente contra estos,
parecía una reacción estúpida, eran sencillamente imparables en su voracidad y
ansias de pan. Las latas de duraznos, más agresivas que las demás, atacaban la
carnicería y hacían un desastre, manchando todo de sangre, dejando huesos,
venas, cartílagos y piel sobre sus propios excrementos por todo el almacén, era
la visión más enferma de todas.
Al final entró en
el almacén, esquivando latitas de fideos y cabellos de ángel que flotaban hasta
llegar a donde estaban las botellas de vino, las miró, no tenía que elegir.
Cualquier botella cumplía con su requisito básico, todas eran buenas, aunque
los requisitos eran básicos eran firmes que él consideraba para poder afrontar
cualquier situación.
Agarró una
botella de borgoña, saco sus monedas, dos de 25
una de 10 centavos y fue hasta el mostrador, otra vez esquivando algunas
latas y acido que chorreaba de las bocas de las botellas de agua mineral, llegó
al mostrador.
En el mostrador
no había nadie. Apoyó la botella de borgoña y dejó las monedas en el mostrador
de un golpe con la mano abierta, esperó. Por debajo de la caja registradora y
como si estuviera ascendiendo por un ascensor, despacio va subiendo una cabeza,
una mujer joven, de pelo castaño y revuelto, enmarañado y con un flequillo, tiene
los ojos cerrados y a medida que va subiendo se puede ver que esta desnuda,
tiene un tatuaje de Júpiter sobre uno de sus pechos, pechos pequeños, pezones
rosados. Al fin alcanzó el tope, abrió los ojos y lo miró. Tenía ojos extraños,
parecían desproporcionados, pero no, son ojos hermosos, grises, melancólicos.
Se miraron un rato.
-
¿Nada
más? – dijo con una vos suave.
-
No
– dijo él – Solo esto. – Ella agarró las monedas, abrió con los dedos una parte
de sus costillas y puso las monedas ahí, en una latita para guardar lápices.
Después cerró las costillas, chorreando grasa o vaselina.
-
Gracias
– dijo él.
-
Adiós
– dijo ella.
El salió despacio
por la puerta del almacén, encarando la vereda, la calle y la ciudad, con su
botella de borgoña en una mano y la otra en el bolsillo. La sacó y se peinó el
pelo para atrás, volvió a guardar su mano en el bolsillo, se ubicó y empezó el
regreso a su casa, a su cuarto, a su soledad.
En la calle,
confuso, miró sus pies adoloridos, no podía soportar el dolor. Se sentó en la
puerta de un edificio y miró directamente en frente de si, las baldosas de la
calle, extraños automóviles pintarrajeados como prostitutas sin sentido de la estética.
Al fin su mirada se posó en los árboles, negros, lastimosos con sus ramas
chorreando negro hacia el cielo, como rayos furiosos de oscuridad, como
tratando de volver a mezclarse con el negro del infinito, del cosmos y el
espacio fuera del planeta. Un cuervo se posó en una rama. Se miraron un
segundo, y al siguiente, voló junto con una explosión sonora, una sirena, la
hora del término de la jornada laboral.
Las puertas se
abrían lentamente, casi como fantasmas y de ellos, grises y totalmente más
espectrales, hombres y mujeres vestidos iguales, con overoles grises, salían y
tomaban la calle, suponiendo que iban a sus hogares, caminaban unos atrás de
otros, casi a un brazo de distancia unos de otros. Empezaban a llegar junto a
él. Lentos, pero inmutables pasaban frente a él. Los observó, pero ellos no
parecían notar su presencia, a pesar de estar desalineado, casi sucio, descalzo
y con una botella de borgoña sin abrir junto a sus pies, los observó, casi
saludándolos con la mirada, creía entenderlos, pero en lo profundo sabe que es
una idea absurda, nunca va a saber qué pasa por sus cabezas y sus corazones,
casi sabe que no tienen alma tampoco.
Una mujer lo
miró, sus ojos se cruzaron y él se preguntó por qué sentía un quiebre bizarro
al ver esos ojos, diferentes debido al delineado que remarcaba el castaño de
esos ojos femeninos. Deseó tenerla consigo, desnuda, despeinada, deseo volver a
verla. Pero pronto se desvaneció su pensamiento al ver a los hombres y mujeres
que ya se perdían en la ciudad y él volvió al anonimato, al gris espectral de
la ciudad, al frio.
Se paró casi de
un salto, enérgico, necesitaba un
destapador y tenía que volver a su casa, se ubicó otra vez, parece un idiota,
pero no puede evitarlo, ¿Cómo era posible tanto sin sentido sin color?, pensó.
Era otra idiotez, sabía que en el fondo de su casi perdida total de identidad
humana que solo y lo único que le importaba era un destapador. Respiró hondo
con malicia en los ojos.
