23 ene 2013

La noche empezó calma



La noche empezó calma, insulsa. En la radio sonaba algo de música clásica y todos los pensamientos danzaban ensoñadores alrededor de una botella de vino tinto. En cambio no había nada. Que estúpida y miserable se volvía la vida.
Es otoño, extraño, erizado como rayos negros en el cielo, parece una pesadilla eterna. Algo monstruoso como barro invisible, algo que te da un pequeño empujón, y de ahí en el desliz imparable y anónimo de la existencia.
¿Quién lo invento?, pensó. Todo se basa en un cliché bizarro, el movimiento evolutivo del hastío. Pensó en el último trago de vino, no lo recordaba, a veces sus sueños se volvían profundos y los días se confundían como un gato enmarañado en medio de un rio, en la ciudad, y viendo como ranas se humedecían en placeres, placeres oníricos.
También había pesadillas, oscuras, nocturnas y ella estaba ahí, sombría y terriblemente hermosa. Eran miedos de soledad, miedos de amor y miedos de tristeza en la noche.
Ahora con la música, consigo mismo, con palabras se hundía en la más espantosa de las esperas, una espera sin fin, sin motivo, ni una pisca de nada, de amor, todo se esfuma y la necesidad de un trago, enfermo como con las uñas infectas y llenas de gusanos. La energía del desgaste espiritual y la necesidad de un trago.
Solo tenía que dormir, otra dosis de ensueños, de estar aplastado de tibieza y oscuridad, y estar en una mente inmensa,  rellena de soledad y mundos extraños, situaciones confusas, violencia, amor y creatividad en complejas escenas de rituales, ataques. El tiempo cambia radicalmente. Transcurrida otra vida plena y excitante al menos por un rato.
El transcurso de su sueño debió de ser inadvertido, invisible, pudo apreciar los matices mágicos, las palabras traídas de orbita, del centro de la tierra, del mismo aire o de sí mismo. En lenguajes extraños, tácitos. Voces físicas y miradas transportadoras, pero pronto, en un segundo, menos quizás, todo se terminaría. Como con la vida misma, el hastío, pero no, nada sucede.
La luz entra por las rendijas de la persiana, el aire esta helado en su cara, en las manos. Otro día, otra vez.
Esta despierto y no hay nada más. Miseria. No puede sentir otra cosa que vacío. ¿Le falta el alma?, pero qué importa, todo va a seguir en su estatus de melancolía. Despertar, levantarse del lecho para abrigarse. El frio parece tener un encanto romántico junto al gris, al amanecer y al rocío, a la pereza, la negación. Pero más allá de la negación hay magia escondida en sutiles acontecimientos, abrigarse del frio, del encanto romántico, flotar en la vida, en el día.
Sabía que iba a ser aburrido, pero las promesas podían hacer aparecer una botella en el curso de la horrenda batalla de obstáculos increíblemente innecesarios.
Apenas si pudo calzarse unos zapatos y un pantalón, seguido de una camisa sucia, se la abotono y busco algo de abrigo para salir a la calle. Todavía sigue pensando, mientras buscaba un par de monedas y las llaves, el día no iba a darle una buena oportunidad ni nada que se le pareciera, pero con un poco de suerte lograría comprarse una botella de vino, encontró efectivo, abrió la puerta y salió a la vereda, todavía con los ojos desacostumbrados. Dio un vistazo a la calle, a los arboles desprovistos de hojas, ni un alma, ni un auto, ni gatos coléricos muertos de hambre mimetizados con las bolsas de basura apiladas. Se limpió las lagañas de los ojos, frotó un trapo contra la cara y se limpió un poco la nariz. Tenía el pelo grasoso, sucio. En cuanto volviera se daría un baño, para refrescarse y seguir con la vida, viendo la oscuridad de su habitación, escuchando un lamento de silencio después de la música, escuchando sus pensamientos y después bebería.
El almacén quedaba a tres cuadras, guardó  el trapo y empezó a caminar, sus pies estaban lastimados, sus zapatos le lastimaban  el talón y las vendas estaban manchadas de sangre y quizás pus, no se las había cambiado nunca y su carne magullada había empezado a cicatrizar sobre la venda. Le dolía, pero se había acostumbrado al dolor simplemente forzándose a caminar por la ciudad, recorriendo la noche, los barrios a oscuras, hiciese frio o lloviera o el viento soplara incansable y violento, solo él a solas topándose con perros gordos vagabundos, dormidos en los que ellos suponen tibieza y descanso.
Al cruzar en la esquina un sentimiento empezó a rondarlo, cruzó la calle y se paró en seco, se apoyó en un edificio y miró la ciudad. Era extraño, sombrío. El gris del asfalto, el gris del cielo, el gris de los edificios y de los autos, todo en matices perfectamente ideados. Solo los arboles eran negros, parecían húmedos, chorreaban sus ramas como rayos apuntando al cielo.
Pensó que era absurdo seguir con tanta superstición, se ubicó y volvió a caminar, despacio, decidió sacarse los zapatos e ir descalzo, no había nadie para molestarlo, lo hizo y siguió caminando. Hacia frio, mucho frio para ser ya bastante tarde en el día, cerró su abrigo con unos alfileres y siguió  hasta el almacén.
Tres gatos enormes se le cruzaron en el camino, gatos extraños, rojos, verdes y tuertos. Tomaban el control de la vereda y acechaban risueños, violentos, en busca de alguna presa incauta, se acercaban lentos, pero era predecible el hecho de que si lo veían lo matarían en un segundo, era la presa perfecta en el gris nocturno del clima y los sentimientos. Los gatos tenían un punto ciego, él simplemente pasó deslizándose por la pared, despacio, y vio como los tres gatos pasaban como cangrejos zumbando musgo en frente suyo, eran hermosos, en sus matices rojos y verdes, sus maullidos enloquecidos quemaban la ciudad con histeria. Al fin vio como doblaban en la esquina y desaparecían lejos de él.
Siguió su camino y llegó al almacén, miró por la ventana y notó algo extraño. Latas de salsa de tomate, latas de atún, latas de duraznos en almíbar  iban y venían de un lado a otro por el lugar y atacaban diferentes puntos en el comercio. Las latas de tomate iban por la verdulería y se comían las verduras lanzando gruñidos y espuma por sus bocas de acero inoxidable. Las latas de atún atacaban la  panadería y el pan se defendía a gritos violentamente contra estos, parecía una reacción estúpida, eran sencillamente imparables en su voracidad y ansias de pan. Las latas de duraznos, más agresivas que las demás, atacaban la carnicería y hacían un desastre, manchando todo de sangre, dejando huesos, venas, cartílagos y piel sobre sus propios excrementos por todo el almacén, era la visión más enferma de todas.
Al final entró en el almacén, esquivando latitas de fideos y cabellos de ángel que flotaban hasta llegar a donde estaban las botellas de vino, las miró, no tenía que elegir. Cualquier botella cumplía con su requisito básico, todas eran buenas, aunque los requisitos eran básicos eran firmes que él consideraba para poder afrontar cualquier situación.
Agarró una botella de borgoña, saco sus monedas, dos de 25  una de 10 centavos y fue hasta el mostrador, otra vez esquivando algunas latas y acido que chorreaba de las bocas de las botellas de agua mineral, llegó al mostrador.
En el mostrador no había nadie. Apoyó la botella de borgoña y dejó las monedas en el mostrador de un golpe con la mano abierta, esperó. Por debajo de la caja registradora y como si estuviera ascendiendo por un ascensor, despacio va subiendo una cabeza, una mujer joven, de pelo castaño y revuelto, enmarañado y con un flequillo, tiene los ojos cerrados y a medida que va subiendo se puede ver que esta desnuda, tiene un tatuaje de Júpiter sobre uno de sus pechos, pechos pequeños, pezones rosados. Al fin alcanzó el tope, abrió los ojos y lo miró. Tenía ojos extraños, parecían desproporcionados, pero no, son ojos hermosos, grises, melancólicos. Se miraron un rato.
-          ¿Nada más? – dijo con una vos suave.
-          No – dijo él – Solo esto. – Ella agarró las monedas, abrió con los dedos una parte de sus costillas y puso las monedas ahí, en una latita para guardar lápices. Después cerró las costillas, chorreando grasa o vaselina.
-          Gracias – dijo él.
-          Adiós – dijo ella.
El salió despacio por la puerta del almacén, encarando la vereda, la calle y la ciudad, con su botella de borgoña en una mano y la otra en el bolsillo. La sacó y se peinó el pelo para atrás, volvió a guardar su mano en el bolsillo, se ubicó y empezó el regreso a su casa, a su cuarto, a su soledad.
En la calle, confuso, miró sus pies adoloridos, no podía soportar el dolor. Se sentó en la puerta de un edificio y miró directamente en frente de si, las baldosas de la calle, extraños automóviles pintarrajeados como prostitutas sin sentido de la estética. Al fin su mirada se posó en los árboles, negros, lastimosos con sus ramas chorreando negro hacia el cielo, como rayos furiosos de oscuridad, como tratando de volver a mezclarse con el negro del infinito, del cosmos y el espacio fuera del planeta. Un cuervo se posó en una rama. Se miraron un segundo, y al siguiente, voló junto con una explosión sonora, una sirena, la hora del término de la jornada laboral.
Las puertas se abrían lentamente, casi como fantasmas y de ellos, grises y totalmente más espectrales, hombres y mujeres vestidos iguales, con overoles grises, salían y tomaban la calle, suponiendo que iban a sus hogares, caminaban unos atrás de otros, casi a un brazo de distancia unos de otros. Empezaban a llegar junto a él. Lentos, pero inmutables pasaban frente a él. Los observó, pero ellos no parecían notar su presencia, a pesar de estar desalineado, casi sucio, descalzo y con una botella de borgoña sin abrir junto a sus pies, los observó, casi saludándolos con la mirada, creía entenderlos, pero en lo profundo sabe que es una idea absurda, nunca va a saber qué pasa por sus cabezas y sus corazones, casi sabe que no tienen alma tampoco.
Una mujer lo miró, sus ojos se cruzaron y él se preguntó por qué sentía un quiebre bizarro al ver esos ojos, diferentes debido al delineado que remarcaba el castaño de esos ojos femeninos. Deseó tenerla consigo, desnuda, despeinada, deseo volver a verla. Pero pronto se desvaneció su pensamiento al ver a los hombres y mujeres que ya se perdían en la ciudad y él volvió al anonimato, al gris espectral de la ciudad, al frio.
Se paró casi de un salto, enérgico, necesitaba  un destapador y tenía que volver a su casa, se ubicó otra vez, parece un idiota, pero no puede evitarlo, ¿Cómo era posible tanto sin sentido sin color?, pensó. Era otra idiotez, sabía que en el fondo de su casi perdida total de identidad humana que solo y lo único que le importaba era un destapador. Respiró hondo con malicia en los ojos.