10 abr 2013

ronco de sangre y miedo


Recorrió el suelo con la mirada, entonces agarró una pequeña cierra y se serruchó el brazo hasta cortárselo, no le dolía, era como cortar un churrasco y con la mano que le quedaba alcanzo a agarrar una tijera y se abrió el estómago, despacio, con calma, como jugando con plasticola, papel y tijeras. Formó un recorrido en la abertura de su estómago, Francia, toda completa, se arrancó la piel, el cuero y los músculos, quedaron al aire libre las arterias, sus intestinos, su estómago bombeaba jugo y sangre, lastimado a medias por el filo de la tijera. Se paró y fue caminando hasta la silla que estaba frente a la ventana y agarró su camisa, que colgaba de ahí. Se puso la camisa, se la abotonó, se calzó una bufanda y se preparó para salir a la calle, aun chorreando sangre y jugo, se lamentó, sus lamentos tenían oxigeno agrio y pesadillas, quemaban el aire, era un bosque en llamas. Pronto descubrió que la puerta sangraba a la par que sus sacudidas estomacales, su estómago y la puerta estaban en una armonía extraña, bizarra, casi parecía amor rondando como un animal peligroso, lleno de furia, lleno de pelos grises y caspa.
Se agarró de la cabeza, el dolor empezó a hacerle efecto como si hubiese tomado litros de morfina, su camisa se quebraba, dura y seca de sangre, todavía se percibía la forma de Francia, en la capital un punto negro de sangre espesa, un coagulo de sangre, una pequeña roncha de sangre a punto de explotar. Mil palabras en francés aparecieron por su mente atormentándolo como un sueño de romance platónico, amor encapsulado rojo de risas enamoradizas, palabras sin sentido y palabras con humor necio caminando lentamente por su cerebro como flores en un prado sembrado con tomates. Corrió directo hasta la ventana y dio un respiro, respiró hondo el smog de la ciudad, vio como las miradas de las mujeres se desvanecían rencorosas y después corrían alteradas por el clima, la lluvia acida del hartazgo, la demencia.
Miró sus pies, miró con calma el chorrear lento de su sangre espesa dándole sentido a todo, a sus dedos de pie, a sus medias, al pantalón, despertándolo de un sueño espeluznante. Rabioso grito el nombre de su amada y quiso morir de amor, extraviado de soledad se sepultó en el grito, parecía una pintura, un cuadro al óleo de la misantropía, negros, grises, fuego y sangre pasó por su cabeza, por sus pensamientos, se reconoció como un reptil, un reptil negro chorreante de veneno, veneno y sangre.
Se tiró al suelo, reconociéndose un amargo reptil y se arrastró entre los coágulos de sangre, la sangre misma de su estómago, la resaca de todos sus males y vio que la botella de whisky estaba sin abrir en un rincón de la habitación. La vio y no dudo en abrirla con una navaja y darle un trago, rociarse la panza de ardor alcohólico como un veterano ebrio, como un borracho ágil la abrió y le dio un trago, sabía a esperanza y sueños, sueños donde rubias de ojos claros le declaraban amor incondicional y después le gritaban histéricas que se comporte, que se comporte como un humano por una vez en la vida. Sueños absurdos nublaron la habitación y se produjo un olor a incienso quemándose, la habitación no paraba de colorearse de rojo ardiente, como en llamas y el olor a incienso lo inundo todo de aroma a vagancia, él roció su estómago otra vez con whisky y grito: “Basta!”, como si ella estuviera abrazándolo desde atrás y calmándolo al oído, diciéndole que volvería. Dio otro trago a la botella, logró incorporarse y se sentó en una silla, le ardía el alma, quiso abrazar al gato, que lo miraba desde un rincón, desde atrás del sofá, un gato negro hecho de llamas y sus ojos recorrían la habitación, desorbitados, lo miraban a él.
Agarró su brazo del piso y volvió a ponerlo en su cuerpo como si fuera una pieza en un rompecabezas, le ardió, tiró whisky en la herida y después le dio un trago a la botella, media botella estaba vacía. Volvió a pararse para salir por la puerta, iba a ir a buscarla, a encontrarse con ella en el borde de un abismo de locura insana. Pero no. No soportaría tanto estupor en la sienes, rompiéndose todo el cuerpo como vidrio, pensó en lijarse los ojos, la lengua se le seco y volvió a darle un trago largo a la botella de whisky.

20 mar 2013

en mitad de la nada


Despertó y vió la cara de su mujer toda babeada, chorreando saliva sobre la almohada. La almohada era de esas que son una sola almohada larga, era una mierda que la deje toda babeada, pero que podía hacer, la amaba. Desde hacía nueve meses la amaba, pero ella parecía estar despidiendo olor a macho cada vez con más frecuencia. Son cosas que pasan. Ese olor a macho podía ser su propio olor a macho mesclado con tabaco, generado por una mezcla de sudor y cigarrillos, como si hubiera fumado uno atrás del otro, ella es una mujer fumadora.
Se levantó de la cama con ganas de mear, se puso los calzoncillos y una remera y fue para el pequeño baño que quedaba al lado de la habitación, meó, meó tranquilo. Después se lavó la cara, se miró al espejo y vió que le había salido un grano en la pera. Recordó como lo habían mandado a la mierda cientos de veces y una vez en particular le habían gritado que era un grano lleno de pus en medio del culo. Explotó el grano y se volvió a enjuagar la jeta, volvió a la cama.
Ella se despertó, estaba hermosa, se rió de haberse babeado y se estiro toda como era, desnuda en la cama, le abrazo la panza a Oscar y esté la miro con amor, a punto de morirse. Ella bajó, le sacó los calzoncillos a Oscar y le hizo sexo oral.  Era una buena mañana, lo que era malo era el no saber qué hacer de todo el día que le esperaba.
Cuando ella se cansó de hacerlo hicieron el amor durante mucho tiempo, dos horas quizás, buen sexo explícito, descarnado, animal. Al final se cambiaron, ella fue al baño a lavarse y hacer pis. Podía escucharla mear desde la cama mientras se ponía un par de medias, luego el pantalón, los zapatos, la camisa, se peinó con la mano mientras ella le preguntaba desde el baño si quería desayunar antes de salir a caminar. Ninguno de los dos tenía nada que hacer.
Ella se vistió y bajaron a desayunar un té con leche y unas galletitas, después juntaron sus cosas y planearon a donde ir, una plaza, una esquina, la entrada de un edificio, cualquier lugar era bueno para el plan que habían organizado, los dos tenían ganas de emborracharse con cerveza. Juntaron la plata que tenían entre los dos y les alcanzaba para tomar unas seis cervezas de litro, era bueno para pasar el tiempo, tanta cerveza, hasta la noche cuando los dos habrían de separarse e ir cada uno a su casa.
Salieron del hotel caminando tranquilos, ella fumaba un cigarrillo con sus gafas negras de sol calzadas en la vista. Iban al primer quiosco donde vendieran cerveza. Caminaron largo y tendido, charlando hasta que llegaron a una esquina donde había un mercadito y compraron la primera de muchas de esa tarde. Se sentaron a tomarla al lado del mercadito. Y mientras ella fumaba y el tomaba pasaban las horas, compraron otras dos botellas más de cerveza y se las tomaron ahí mismo, charlando, viendo a la gente pasar, comentando pelotudeces. Al final se hizo de noche, se pararon y fueron hasta otro quiosco más lejano, un poco tambaleando por la cerveza que habían mezclado con pastillas somníferas. La ciudad estaba hermosa bajo el calido nocturno.
Llegaron a otro quiosco y compraron una cerveza más y un vino tinto de tres cuartos, se sentaron a la vuelta del lugar a charlar y seguir tomando. Todo parecía ir viento en popa cuando ella se volvió histérica y empezó a reprocharle cosas a Oscar, Oscar sin mucho más que hacer descorcho el vino y empezó a darle. Ella seguía fumando sus cigarrillos armados. Había un clima de perdición de la nada en la noche, en ella, en los autos, micros, gente que pasaba. La noche se había vuelto sombria, ebria de tinto parecía que iba a terminar mal. Ella terminó la cerveza y decidio ir a mear a un bingo que había en la otra esquina, Oscar se quedó sentado tomando vino, tomó vino, tomó más vino y más vino hasta que la botella se terminó.
Ella nunca volvió, Oscar se levanto tambaleando, iba a ir directo a la parada de colectivo para ir a su casa, pero no podía coordinar bien sus movimientos, la ebridad es algo extraño en la noche para los hombres solitarios, un generador de mala suerte. En cuanto quizo cruzar la calle para ir directo a la parada de micros un coche patrulla lo pasó por encima, le rompió el cráneo y Oscar murió ahí, tendido, ebrio, sobre la mitad de la calle, el coche patrulla emitia luces intermintentes y llenaba la noche llena de edificios de un color azulado, como un circo muerto en mitad del otoño.

3 mar 2013

A veces me siento mejor solo


Estaba tranquilo, esperando algo, no sé bien qué, pero esperaba. El abuelo estaba cortándose los dedos de los pies con una tijera en el sofá mientras que la abuela hablaba de la muerte en la habitación, tirada en la cama y tapada hasta los ojos. Yo estaba tranquilo, decidí fumarme otro cigarrillo en el lavadero y después salir a dar un paseo, a caminar un rato, durante una hora o más tal como es la indicación médica. Me preparé para salir.
Fui hasta la parada del bondi y recién llegaba, me subí y pagué con la tarjeta como siempre, me senté y me puse a leer sobre samuráis con fantasías eróticas basadas en labios de geishas y cabezas sin nariz cortadas en el año 1500 en Japón. El viaje fue bastante tranquilo.
 Llegué al centro en un rato, lo que me pareció muy corto. Por alguna extraña razón me bajé antes del colectivo, fue algo esporádico, espontaneo que me empujó, si seguía un segundo más en el colectivo me moría, esa fue la sensación que tuve. Me bajé del colectivo y decidido a empezar a caminar desde la biblioteca me encaminé hacia esta, que quedaba a cuatro cuadras.
Iba tranquilo por Independencia, hice mi primer cuadra, tenía frio, como un boludo había salido desabrigado, no podía pensar en nada salvo en llegar a la biblioteca y caminar hasta la parada que queda lejos del bondi para volverme, tardaba una hora exactamente en llegar de la biblioteca hasta esa parada, así que era buen ejercicio, pero el camino me parecía un trance negativo, algo fuera de lo ordinario totalmente negativo. Al cruzar la esquina y pasar a la segunda cuadra seguí tranquilo. Pero los fantasmas de la caminata me aplastaban, era el tiempo que pasaba y mi alma totalmente aturdida muriéndose de amor, muriendo de caspa, no estaba muriendo, estaba muerta.
Al llegar a la mitad de cuadra la gente empezó a caminar directamente hacia mí, desde todas las direcciones venían caminando tranquilos y ya se empezaba a formar un circulo a mi alrededor. No parecían enojados, no parecía que fueran personas conocidas, eran gente común, y ya se habían agolpado frente a mí y a mis espaldas, en lo que un hombre, un gordo canoso con una chomba me agarra del brazo, viene y me dice: “dale, wacho, quédate quietito”, tranquilo, pasivamente lo dice.
 En eso veo que diez o más personas tienen cuchillos en las manos y empiezan a apuñalarme, empiezan a apuñalarme por todas partes y yo solo voy sintiendo ardor, como picaduras de avispa en todo el cuerpo frente al bingo. No alcanzo a caerme al suelo porque el gordo de la chomba me tiene agarrado del codo con la mano rígida, los demás siguen acuchillándome, me sale sangre de los dedos, de las orejas, especialmente de las orejas, aunque todavía las tengo parece que me las apuñalaron varias veces y por alguna razón no me apuñalan los ojos, trato de no pensarlo, de no decirlo a gritos: “¡NO ME APUÑALEN LOS OJOS!”, ni un sonido sale de mí, escucho percusiones y palabrerío, parece que todos hablan en otro idioma. No me apuñalan los ojos, pero si todo el cuerpo, que parece bife crudo ya de tantos tajos, lleno de grasa y la sangre es negra.
Recuerdo a Carolina y como la cruce por la calle una vez, iba con su novio y yo tenía una botella de whisky que recién me había comprado, eran tan felices y  yo también, tenía un whisky, pero esa no era la razón, la razón era que ella estaba conmigo, Aimé estaba ahí incondicionalmente. Pero ahora no. Carolina tenía un cacho de tergopol y le pegaba al novio con eso. No recuerdo nada más de esa noche, salvo como tomaba whisky con Pepsi con Aimé sentados al lado de un mercadito.
Parece que ahora no puedo salir a ningún lado, con miedo de que me apuñalen, y si no lo hacen es porque son todos fantasmas, no existen, yo tampoco o si, es como siempre digo y puede que suene egoísta, pero tengo 26 años y soy el centro del mundo. Todo lo que está alrededor es una fantasía cruel, producto de una sociedad totalmente enfermiza, funciona totalmente mal todo alrededor, pero me importa un carajo como funcione, mientras pueda ser deliberadamente, libertinamente, salvajemente libre, pero no lo soy, soy una condición andante.
Las apuñaladas nunca cesan cuando voy andando por la calle y toda la gente se agolpa alrededor mío con navajas, cuchillos, bisturís, hojas de afeitar, cierras para cortar metal, hasta tenedores tienen para apuñalarme. El gordo de la chomba me soltó de golpe, no sé si porque sí o porque el brazo ya se me cayó. Logro llegar hasta la esquina, cruzo la calle y sigo derecho hasta la otra esquina, la esquina de Luro, donde hay una vieja que vende calcomanías de piratas, me mira con unos ojos de loca, tiene el pelo despeinado y gris, y viste como linyera, ahí es cuando me doy cuenta que ya no me apuñalan, ni siquiera están agolpados a mi alrededor, no hay nadie cerca, solo la vieja de las calcos. No sé cómo me mantengo en pie, todavía decidido a llegar a la biblioteca. Parece todo una pesadilla, no es que esté solo, la gente ahora hace sus cosas tranquila, en movimiento, haciendo barullo, no me siguen.
No puedo más, es un tormento, la idea de ir de la biblioteca a la otra parada me parece totalmente suicida y enfermiza, al carajo caminar, ¡al carajo las indicaciones de la nutricionista! Logro llegar a la biblioteca, que está cerrada y yo me lamento otra vez, porque cada vez que trato de ir está cerrada. Hace mucho que no saco un libro como la gente y bueno, la parada de vuelta al hogar está ahí en frente, espero, espero mucho fumando un pucho.
Al final llego a la casa de los abuelos y parece que pasaron como dos horas o más. Me siento enfrente de la computadora y leo lo que escribí, la abuela se para frente a mí y me ojea, me mira directamente a los ojos y parece que la situación se vuelve totalmente irreal, no es verídico lo que sucede, me mira y todo lo demás parece como un video juego, parece una animación, hasta se ve pixelado todo, salvo la cara de la abuela, su pelo, su ropa, su cuerpo, el fondo y todo lo demás parece irreal y ella me dice: “estoy esperando a que se te caigan los ojos”. Debe ser por la forma en que la miro tan de frente, estupefacto, es más, le digo lo irreal de la situación, pero parece no alterar en nada su mirada y sigue diciéndome: “estoy esperando a que se te caigan los ojos” no sé por qué lo dice. Sus ojos esperan. No sé si será por la medicación.

3 feb 2013

Soy un amarrete hijo de puta

Parece todo una mierda, y así lo es, no importa ni me interesa nada, ni el sueño. Hablando estrictamente de dormir y soñar, si es que el proceso onírico sucede. Nada, no me importa nada de nada en absoluto, no tengo ni una excusa tampoco. ¿Para qué?
Solo puedo sentarme acá y escuchar a Bob Dylan, eso me hace pensar en que alguna vez tuve en mis manos un libro de Dylan Thomas y nunca lo terminé de leer. Me gustaría leerlo ahora. Tirado en la cama. Dylan thomas y Bob Dylan. Gran combinación.
¿Por qué nada sucede? Yo tendría que forjarme la vida, pero es todo tan aburrido, tan sin sentido e idiotizado, la gente me repulsa constantemente y yo la repulso a ella, ¿Será por pura violencia que funciona toda esa porquería social? Es totalmente frustrante.
Anoche en el auto iba pensando algo estrictamente filosófico, metafísico, cósmico. Ahora no puedo recordar nada de que se trataba, algo de la velocidad del tiempo-espacio, el movimiento rotatorio del planeta, como la luz debería atravesar la materia a tal velocidad estando más alla del espacio. O crea nuevos espacios a esa misma velocidad generando un tiempo totalmente aparte, un tiempo y espacio a medida de la velocidad…
Vivo por inercia. ¿Cómo es posible que no pueda morirme así por así? Muerte, punto final, fallo cerebral, fallo cardiaco, fallo respiratorio…algún tipo de fallo que pare inmediatamente esta maquinaria de carne inmunda en la que me veo envuelto, es tan terrorífica la idea de que algo me mantenga vivo a pesar de mis ansias por morirme de una vez por todas. Es algo raquítico que me aplasta el alma no poder fenecer como cualquier otra cosa, como la mariposa en la casa de Azucena, solo viven un día, viven para reproducirse, solo  lo esencial y listo. Bueno, ya me alimenté, me reproduje, cagué y meé también. ¿Y ahora? Que vacío que es todo el puto mundo y el universo, especialmente extrañamente confinado como se mantiene mi condición por intentar suicidarme, bajón, no salgo de mi… Pucha. Estoy metido en esta nave de porquería y me doy asco, porque que soy despreciable, Aimé tiene razón. Tiene todo el derecho de negarse a verme, a que yo la vea, no me lo merezco, no me merezco nada si vamos al caso, no encajo. No encajo en nada. Y vuelvo al principio, no me importa nada de nada.
Estas máximas de muerte ojalá sirvan algo.
No sé si será por la medicación, pero  alucino con gatos en todas partes. Digo alucino porque no están ahí cuando voy a verlos más detenidamente, cuando intento acercarme a ellos, acercarlos a mí. Es cierto que el gato, como especie, es de mis favoritas, mis animales preferidos, y después de tener cinco a nada es posible que mi cerebro los invente para hacerme relativamente feliz. Lo frustrante es que cuando voy ver no están ahí, cuando pienso en darles una palmadita el yo de los gatos desaparece en el espacio. A veces caminan entre mis piernas, siento como se frotan en mis piernas y sé que es medio al pedo volver a ver porque solo voy a encontrar mis zapatillas blancas con un costado roto. Otras son bolsos, mochilas, u otros objetos inanimados, inmóviles, que me observan “gatunamente”. Es, lo repito, frustrante. ¿Quizás me esté volviendo loco? Ver gatos invisibles, aunque no lo son, cuando los veo, son de colores, negros, naranjas y blancos, pero no están ahí, son gatos fantasma. Otras veces son perros y muy rara vez lobos, y cuando veo mujeres desnudas con un lobo encima sobro sus hombros me ilusiono, pero no están acá, no sé de donde vienen.
Soy, era un ebrio. ¿Sera por eso? Como dijo Aimé, soy como un grano lleno de pus en medio del ojete. Tendría que buscar el significado de alucinar con gatos, gatos y mujeres desnudas. ¿Será por eso que les dicen “gatos” a las “mujeres desnudas”?.

Oh Pedro

Llegó, bajó del auto y camino hasta la entrada del edificio, abrió la puerta del edificio y fue hasta el ascensor, parecía que había estado esperándolo. Abrió. Entró. Cerró la puerta y apretó el cuatro. El viaje pareció tranquilo, al final llegó. Camino por el pasillo hasta el departamento A, abrió con su llave y apenas entró, sin decir nada, fue directo al baño.
Se miró en el espejo, apoyando las manos en el mármol del lavamanos, se miró, no podía soportarlo y con una mano tocó el espejo, tapó parte del reflejo de su rostro, pero uno de sus ojos mantenía la mirada. En eso alguien golpeó la puerta, era Silvia, su mujer. Y él siguió mirando, pensando, abrió la puerta y la contemplo estupefacto mientras ella hablaba y hablaba.
-          Lo que no puedo entender son esas cosas que dice la gente, las parejitas pelotudas, los viejos chusmas y demás… dicen “los novios de mis amigas tienen concha” o “las novias de mis amigos tienen pija”.
Él no podía detener la cadena de pensamientos, en lo que pensaba. Pensaba ávidamente en ellos, en él en especial, su gata. “¿Por qué después de casarse con Silvia no tuvieron mascotas?... La pelotudes que me dice y yo recién salgo del hospital” pensó, y lo único que recuerdo es a mi gata, en mi infancia, como dormía a los pies de la cama, Furcia era su nombre, no lo olvidaba.
En el Hospital Intersonal General de Agudos, antes de partir del pabellón de salud mental, pasó por la morgue y vio, dentro de una habitación con la puerta abierta a un cadáver, un gordo envuelto en nylon, parecía que había tenido un accidente, sus brazos estaban todos llenos de tajos y su cabeza aplastada, explotada, todo dentro de un nylon totalmente antihigiénico.
Estaba totalmente molesto por la gente que es profesional en algo, esto o lo otro, y piensa que tiene todas las respuestas, ¿Qué era ese cadáver ahí sin nada de vigilancia, con la puerta abierta, a la vista indiscriminada de cualquiera? Se dijo a sí mismo.
-          La paranoia es contagiosa. – le dijo a Silvia, su mujer. Necesitaba tiempo a solas.
Siguió pensando en Furcia, su gata, era la gota que rebalsó el vaso, tenía que tener otro gato como ese, habían pasado 25 años desde que no tocaba a un animal, ni los perros en la calle se le acercaban, supo entonces cual era la causa. Silvia. La muy pajera de Silvia lo había apartado de todo lo que era, de todo lo que fue y lo iba a seguir apartando de todo lo que podría llegar a ser. ¿Era Silvia una mierda en su vida? Pensó. No supo responderse, pero en ese mismo instante agarro las llaves del auto y a los empujones con todo, las paredes, los muebles, Silvia (que era otro objeto más) abrió la puerta y casi corriendo salió por el pasillo hasta el ascensor que estaba ahí todavía, entró, fue hasta planta baja, al salir del ascensor fue hasta la puerta del edificio, la abrió y fue caminando hasta el coche, iba a ir a encontrar un gato, una gata, eso o la muerte.
Mientras subía al auto Silvia se asomó a la ventana y le gritó, “Pedro, ¿A dónde vas?” él la miro y lo único que pudo decir fue “al carajo con vos Silvia”.

23 ene 2013

La noche empezó calma



La noche empezó calma, insulsa. En la radio sonaba algo de música clásica y todos los pensamientos danzaban ensoñadores alrededor de una botella de vino tinto. En cambio no había nada. Que estúpida y miserable se volvía la vida.
Es otoño, extraño, erizado como rayos negros en el cielo, parece una pesadilla eterna. Algo monstruoso como barro invisible, algo que te da un pequeño empujón, y de ahí en el desliz imparable y anónimo de la existencia.
¿Quién lo invento?, pensó. Todo se basa en un cliché bizarro, el movimiento evolutivo del hastío. Pensó en el último trago de vino, no lo recordaba, a veces sus sueños se volvían profundos y los días se confundían como un gato enmarañado en medio de un rio, en la ciudad, y viendo como ranas se humedecían en placeres, placeres oníricos.
También había pesadillas, oscuras, nocturnas y ella estaba ahí, sombría y terriblemente hermosa. Eran miedos de soledad, miedos de amor y miedos de tristeza en la noche.
Ahora con la música, consigo mismo, con palabras se hundía en la más espantosa de las esperas, una espera sin fin, sin motivo, ni una pisca de nada, de amor, todo se esfuma y la necesidad de un trago, enfermo como con las uñas infectas y llenas de gusanos. La energía del desgaste espiritual y la necesidad de un trago.
Solo tenía que dormir, otra dosis de ensueños, de estar aplastado de tibieza y oscuridad, y estar en una mente inmensa,  rellena de soledad y mundos extraños, situaciones confusas, violencia, amor y creatividad en complejas escenas de rituales, ataques. El tiempo cambia radicalmente. Transcurrida otra vida plena y excitante al menos por un rato.
El transcurso de su sueño debió de ser inadvertido, invisible, pudo apreciar los matices mágicos, las palabras traídas de orbita, del centro de la tierra, del mismo aire o de sí mismo. En lenguajes extraños, tácitos. Voces físicas y miradas transportadoras, pero pronto, en un segundo, menos quizás, todo se terminaría. Como con la vida misma, el hastío, pero no, nada sucede.
La luz entra por las rendijas de la persiana, el aire esta helado en su cara, en las manos. Otro día, otra vez.
Esta despierto y no hay nada más. Miseria. No puede sentir otra cosa que vacío. ¿Le falta el alma?, pero qué importa, todo va a seguir en su estatus de melancolía. Despertar, levantarse del lecho para abrigarse. El frio parece tener un encanto romántico junto al gris, al amanecer y al rocío, a la pereza, la negación. Pero más allá de la negación hay magia escondida en sutiles acontecimientos, abrigarse del frio, del encanto romántico, flotar en la vida, en el día.
Sabía que iba a ser aburrido, pero las promesas podían hacer aparecer una botella en el curso de la horrenda batalla de obstáculos increíblemente innecesarios.
Apenas si pudo calzarse unos zapatos y un pantalón, seguido de una camisa sucia, se la abotono y busco algo de abrigo para salir a la calle. Todavía sigue pensando, mientras buscaba un par de monedas y las llaves, el día no iba a darle una buena oportunidad ni nada que se le pareciera, pero con un poco de suerte lograría comprarse una botella de vino, encontró efectivo, abrió la puerta y salió a la vereda, todavía con los ojos desacostumbrados. Dio un vistazo a la calle, a los arboles desprovistos de hojas, ni un alma, ni un auto, ni gatos coléricos muertos de hambre mimetizados con las bolsas de basura apiladas. Se limpió las lagañas de los ojos, frotó un trapo contra la cara y se limpió un poco la nariz. Tenía el pelo grasoso, sucio. En cuanto volviera se daría un baño, para refrescarse y seguir con la vida, viendo la oscuridad de su habitación, escuchando un lamento de silencio después de la música, escuchando sus pensamientos y después bebería.
El almacén quedaba a tres cuadras, guardó  el trapo y empezó a caminar, sus pies estaban lastimados, sus zapatos le lastimaban  el talón y las vendas estaban manchadas de sangre y quizás pus, no se las había cambiado nunca y su carne magullada había empezado a cicatrizar sobre la venda. Le dolía, pero se había acostumbrado al dolor simplemente forzándose a caminar por la ciudad, recorriendo la noche, los barrios a oscuras, hiciese frio o lloviera o el viento soplara incansable y violento, solo él a solas topándose con perros gordos vagabundos, dormidos en los que ellos suponen tibieza y descanso.
Al cruzar en la esquina un sentimiento empezó a rondarlo, cruzó la calle y se paró en seco, se apoyó en un edificio y miró la ciudad. Era extraño, sombrío. El gris del asfalto, el gris del cielo, el gris de los edificios y de los autos, todo en matices perfectamente ideados. Solo los arboles eran negros, parecían húmedos, chorreaban sus ramas como rayos apuntando al cielo.
Pensó que era absurdo seguir con tanta superstición, se ubicó y volvió a caminar, despacio, decidió sacarse los zapatos e ir descalzo, no había nadie para molestarlo, lo hizo y siguió caminando. Hacia frio, mucho frio para ser ya bastante tarde en el día, cerró su abrigo con unos alfileres y siguió  hasta el almacén.
Tres gatos enormes se le cruzaron en el camino, gatos extraños, rojos, verdes y tuertos. Tomaban el control de la vereda y acechaban risueños, violentos, en busca de alguna presa incauta, se acercaban lentos, pero era predecible el hecho de que si lo veían lo matarían en un segundo, era la presa perfecta en el gris nocturno del clima y los sentimientos. Los gatos tenían un punto ciego, él simplemente pasó deslizándose por la pared, despacio, y vio como los tres gatos pasaban como cangrejos zumbando musgo en frente suyo, eran hermosos, en sus matices rojos y verdes, sus maullidos enloquecidos quemaban la ciudad con histeria. Al fin vio como doblaban en la esquina y desaparecían lejos de él.
Siguió su camino y llegó al almacén, miró por la ventana y notó algo extraño. Latas de salsa de tomate, latas de atún, latas de duraznos en almíbar  iban y venían de un lado a otro por el lugar y atacaban diferentes puntos en el comercio. Las latas de tomate iban por la verdulería y se comían las verduras lanzando gruñidos y espuma por sus bocas de acero inoxidable. Las latas de atún atacaban la  panadería y el pan se defendía a gritos violentamente contra estos, parecía una reacción estúpida, eran sencillamente imparables en su voracidad y ansias de pan. Las latas de duraznos, más agresivas que las demás, atacaban la carnicería y hacían un desastre, manchando todo de sangre, dejando huesos, venas, cartílagos y piel sobre sus propios excrementos por todo el almacén, era la visión más enferma de todas.
Al final entró en el almacén, esquivando latitas de fideos y cabellos de ángel que flotaban hasta llegar a donde estaban las botellas de vino, las miró, no tenía que elegir. Cualquier botella cumplía con su requisito básico, todas eran buenas, aunque los requisitos eran básicos eran firmes que él consideraba para poder afrontar cualquier situación.
Agarró una botella de borgoña, saco sus monedas, dos de 25  una de 10 centavos y fue hasta el mostrador, otra vez esquivando algunas latas y acido que chorreaba de las bocas de las botellas de agua mineral, llegó al mostrador.
En el mostrador no había nadie. Apoyó la botella de borgoña y dejó las monedas en el mostrador de un golpe con la mano abierta, esperó. Por debajo de la caja registradora y como si estuviera ascendiendo por un ascensor, despacio va subiendo una cabeza, una mujer joven, de pelo castaño y revuelto, enmarañado y con un flequillo, tiene los ojos cerrados y a medida que va subiendo se puede ver que esta desnuda, tiene un tatuaje de Júpiter sobre uno de sus pechos, pechos pequeños, pezones rosados. Al fin alcanzó el tope, abrió los ojos y lo miró. Tenía ojos extraños, parecían desproporcionados, pero no, son ojos hermosos, grises, melancólicos. Se miraron un rato.
-          ¿Nada más? – dijo con una vos suave.
-          No – dijo él – Solo esto. – Ella agarró las monedas, abrió con los dedos una parte de sus costillas y puso las monedas ahí, en una latita para guardar lápices. Después cerró las costillas, chorreando grasa o vaselina.
-          Gracias – dijo él.
-          Adiós – dijo ella.
El salió despacio por la puerta del almacén, encarando la vereda, la calle y la ciudad, con su botella de borgoña en una mano y la otra en el bolsillo. La sacó y se peinó el pelo para atrás, volvió a guardar su mano en el bolsillo, se ubicó y empezó el regreso a su casa, a su cuarto, a su soledad.
En la calle, confuso, miró sus pies adoloridos, no podía soportar el dolor. Se sentó en la puerta de un edificio y miró directamente en frente de si, las baldosas de la calle, extraños automóviles pintarrajeados como prostitutas sin sentido de la estética. Al fin su mirada se posó en los árboles, negros, lastimosos con sus ramas chorreando negro hacia el cielo, como rayos furiosos de oscuridad, como tratando de volver a mezclarse con el negro del infinito, del cosmos y el espacio fuera del planeta. Un cuervo se posó en una rama. Se miraron un segundo, y al siguiente, voló junto con una explosión sonora, una sirena, la hora del término de la jornada laboral.
Las puertas se abrían lentamente, casi como fantasmas y de ellos, grises y totalmente más espectrales, hombres y mujeres vestidos iguales, con overoles grises, salían y tomaban la calle, suponiendo que iban a sus hogares, caminaban unos atrás de otros, casi a un brazo de distancia unos de otros. Empezaban a llegar junto a él. Lentos, pero inmutables pasaban frente a él. Los observó, pero ellos no parecían notar su presencia, a pesar de estar desalineado, casi sucio, descalzo y con una botella de borgoña sin abrir junto a sus pies, los observó, casi saludándolos con la mirada, creía entenderlos, pero en lo profundo sabe que es una idea absurda, nunca va a saber qué pasa por sus cabezas y sus corazones, casi sabe que no tienen alma tampoco.
Una mujer lo miró, sus ojos se cruzaron y él se preguntó por qué sentía un quiebre bizarro al ver esos ojos, diferentes debido al delineado que remarcaba el castaño de esos ojos femeninos. Deseó tenerla consigo, desnuda, despeinada, deseo volver a verla. Pero pronto se desvaneció su pensamiento al ver a los hombres y mujeres que ya se perdían en la ciudad y él volvió al anonimato, al gris espectral de la ciudad, al frio.
Se paró casi de un salto, enérgico, necesitaba  un destapador y tenía que volver a su casa, se ubicó otra vez, parece un idiota, pero no puede evitarlo, ¿Cómo era posible tanto sin sentido sin color?, pensó. Era otra idiotez, sabía que en el fondo de su casi perdida total de identidad humana que solo y lo único que le importaba era un destapador. Respiró hondo con malicia en los ojos.