Recorrió
el suelo con la mirada, entonces agarró una pequeña cierra y se serruchó el
brazo hasta cortárselo, no le dolía, era como cortar un churrasco y con la mano
que le quedaba alcanzo a agarrar una tijera y se abrió el estómago, despacio,
con calma, como jugando con plasticola, papel y tijeras. Formó un recorrido en
la abertura de su estómago, Francia, toda completa, se arrancó la piel, el
cuero y los músculos, quedaron al aire libre las arterias, sus intestinos, su estómago
bombeaba jugo y sangre, lastimado a medias por el filo de la tijera. Se paró y
fue caminando hasta la silla que estaba frente a la ventana y agarró su camisa,
que colgaba de ahí. Se puso la camisa, se la abotonó, se calzó una bufanda y se
preparó para salir a la calle, aun chorreando sangre y jugo, se lamentó, sus
lamentos tenían oxigeno agrio y pesadillas, quemaban el aire, era un bosque en
llamas. Pronto descubrió que la puerta sangraba a la par que sus sacudidas
estomacales, su estómago y la puerta estaban en una armonía extraña, bizarra,
casi parecía amor rondando como un animal peligroso, lleno de furia, lleno de
pelos grises y caspa.
Se agarró de la cabeza, el dolor empezó a hacerle efecto como si hubiese tomado litros de morfina, su camisa se quebraba, dura y seca de sangre, todavía se percibía la forma de Francia, en la capital un punto negro de sangre espesa, un coagulo de sangre, una pequeña roncha de sangre a punto de explotar. Mil palabras en francés aparecieron por su mente atormentándolo como un sueño de romance platónico, amor encapsulado rojo de risas enamoradizas, palabras sin sentido y palabras con humor necio caminando lentamente por su cerebro como flores en un prado sembrado con tomates. Corrió directo hasta la ventana y dio un respiro, respiró hondo el smog de la ciudad, vio como las miradas de las mujeres se desvanecían rencorosas y después corrían alteradas por el clima, la lluvia acida del hartazgo, la demencia.
Miró sus pies, miró con calma el chorrear lento de su sangre espesa dándole sentido a todo, a sus dedos de pie, a sus medias, al pantalón, despertándolo de un sueño espeluznante. Rabioso grito el nombre de su amada y quiso morir de amor, extraviado de soledad se sepultó en el grito, parecía una pintura, un cuadro al óleo de la misantropía, negros, grises, fuego y sangre pasó por su cabeza, por sus pensamientos, se reconoció como un reptil, un reptil negro chorreante de veneno, veneno y sangre.
Se tiró al suelo, reconociéndose un amargo reptil y se arrastró entre los coágulos de sangre, la sangre misma de su estómago, la resaca de todos sus males y vio que la botella de whisky estaba sin abrir en un rincón de la habitación. La vio y no dudo en abrirla con una navaja y darle un trago, rociarse la panza de ardor alcohólico como un veterano ebrio, como un borracho ágil la abrió y le dio un trago, sabía a esperanza y sueños, sueños donde rubias de ojos claros le declaraban amor incondicional y después le gritaban histéricas que se comporte, que se comporte como un humano por una vez en la vida. Sueños absurdos nublaron la habitación y se produjo un olor a incienso quemándose, la habitación no paraba de colorearse de rojo ardiente, como en llamas y el olor a incienso lo inundo todo de aroma a vagancia, él roció su estómago otra vez con whisky y grito: “Basta!”, como si ella estuviera abrazándolo desde atrás y calmándolo al oído, diciéndole que volvería. Dio otro trago a la botella, logró incorporarse y se sentó en una silla, le ardía el alma, quiso abrazar al gato, que lo miraba desde un rincón, desde atrás del sofá, un gato negro hecho de llamas y sus ojos recorrían la habitación, desorbitados, lo miraban a él.
Agarró su brazo del piso y volvió a ponerlo en su cuerpo como si fuera una pieza en un rompecabezas, le ardió, tiró whisky en la herida y después le dio un trago a la botella, media botella estaba vacía. Volvió a pararse para salir por la puerta, iba a ir a buscarla, a encontrarse con ella en el borde de un abismo de locura insana. Pero no. No soportaría tanto estupor en la sienes, rompiéndose todo el cuerpo como vidrio, pensó en lijarse los ojos, la lengua se le seco y volvió a darle un trago largo a la botella de whisky.
Se agarró de la cabeza, el dolor empezó a hacerle efecto como si hubiese tomado litros de morfina, su camisa se quebraba, dura y seca de sangre, todavía se percibía la forma de Francia, en la capital un punto negro de sangre espesa, un coagulo de sangre, una pequeña roncha de sangre a punto de explotar. Mil palabras en francés aparecieron por su mente atormentándolo como un sueño de romance platónico, amor encapsulado rojo de risas enamoradizas, palabras sin sentido y palabras con humor necio caminando lentamente por su cerebro como flores en un prado sembrado con tomates. Corrió directo hasta la ventana y dio un respiro, respiró hondo el smog de la ciudad, vio como las miradas de las mujeres se desvanecían rencorosas y después corrían alteradas por el clima, la lluvia acida del hartazgo, la demencia.
Miró sus pies, miró con calma el chorrear lento de su sangre espesa dándole sentido a todo, a sus dedos de pie, a sus medias, al pantalón, despertándolo de un sueño espeluznante. Rabioso grito el nombre de su amada y quiso morir de amor, extraviado de soledad se sepultó en el grito, parecía una pintura, un cuadro al óleo de la misantropía, negros, grises, fuego y sangre pasó por su cabeza, por sus pensamientos, se reconoció como un reptil, un reptil negro chorreante de veneno, veneno y sangre.
Se tiró al suelo, reconociéndose un amargo reptil y se arrastró entre los coágulos de sangre, la sangre misma de su estómago, la resaca de todos sus males y vio que la botella de whisky estaba sin abrir en un rincón de la habitación. La vio y no dudo en abrirla con una navaja y darle un trago, rociarse la panza de ardor alcohólico como un veterano ebrio, como un borracho ágil la abrió y le dio un trago, sabía a esperanza y sueños, sueños donde rubias de ojos claros le declaraban amor incondicional y después le gritaban histéricas que se comporte, que se comporte como un humano por una vez en la vida. Sueños absurdos nublaron la habitación y se produjo un olor a incienso quemándose, la habitación no paraba de colorearse de rojo ardiente, como en llamas y el olor a incienso lo inundo todo de aroma a vagancia, él roció su estómago otra vez con whisky y grito: “Basta!”, como si ella estuviera abrazándolo desde atrás y calmándolo al oído, diciéndole que volvería. Dio otro trago a la botella, logró incorporarse y se sentó en una silla, le ardía el alma, quiso abrazar al gato, que lo miraba desde un rincón, desde atrás del sofá, un gato negro hecho de llamas y sus ojos recorrían la habitación, desorbitados, lo miraban a él.
Agarró su brazo del piso y volvió a ponerlo en su cuerpo como si fuera una pieza en un rompecabezas, le ardió, tiró whisky en la herida y después le dio un trago a la botella, media botella estaba vacía. Volvió a pararse para salir por la puerta, iba a ir a buscarla, a encontrarse con ella en el borde de un abismo de locura insana. Pero no. No soportaría tanto estupor en la sienes, rompiéndose todo el cuerpo como vidrio, pensó en lijarse los ojos, la lengua se le seco y volvió a darle un trago largo a la botella de whisky.
