3 feb 2013

Soy un amarrete hijo de puta

Parece todo una mierda, y así lo es, no importa ni me interesa nada, ni el sueño. Hablando estrictamente de dormir y soñar, si es que el proceso onírico sucede. Nada, no me importa nada de nada en absoluto, no tengo ni una excusa tampoco. ¿Para qué?
Solo puedo sentarme acá y escuchar a Bob Dylan, eso me hace pensar en que alguna vez tuve en mis manos un libro de Dylan Thomas y nunca lo terminé de leer. Me gustaría leerlo ahora. Tirado en la cama. Dylan thomas y Bob Dylan. Gran combinación.
¿Por qué nada sucede? Yo tendría que forjarme la vida, pero es todo tan aburrido, tan sin sentido e idiotizado, la gente me repulsa constantemente y yo la repulso a ella, ¿Será por pura violencia que funciona toda esa porquería social? Es totalmente frustrante.
Anoche en el auto iba pensando algo estrictamente filosófico, metafísico, cósmico. Ahora no puedo recordar nada de que se trataba, algo de la velocidad del tiempo-espacio, el movimiento rotatorio del planeta, como la luz debería atravesar la materia a tal velocidad estando más alla del espacio. O crea nuevos espacios a esa misma velocidad generando un tiempo totalmente aparte, un tiempo y espacio a medida de la velocidad…
Vivo por inercia. ¿Cómo es posible que no pueda morirme así por así? Muerte, punto final, fallo cerebral, fallo cardiaco, fallo respiratorio…algún tipo de fallo que pare inmediatamente esta maquinaria de carne inmunda en la que me veo envuelto, es tan terrorífica la idea de que algo me mantenga vivo a pesar de mis ansias por morirme de una vez por todas. Es algo raquítico que me aplasta el alma no poder fenecer como cualquier otra cosa, como la mariposa en la casa de Azucena, solo viven un día, viven para reproducirse, solo  lo esencial y listo. Bueno, ya me alimenté, me reproduje, cagué y meé también. ¿Y ahora? Que vacío que es todo el puto mundo y el universo, especialmente extrañamente confinado como se mantiene mi condición por intentar suicidarme, bajón, no salgo de mi… Pucha. Estoy metido en esta nave de porquería y me doy asco, porque que soy despreciable, Aimé tiene razón. Tiene todo el derecho de negarse a verme, a que yo la vea, no me lo merezco, no me merezco nada si vamos al caso, no encajo. No encajo en nada. Y vuelvo al principio, no me importa nada de nada.
Estas máximas de muerte ojalá sirvan algo.
No sé si será por la medicación, pero  alucino con gatos en todas partes. Digo alucino porque no están ahí cuando voy a verlos más detenidamente, cuando intento acercarme a ellos, acercarlos a mí. Es cierto que el gato, como especie, es de mis favoritas, mis animales preferidos, y después de tener cinco a nada es posible que mi cerebro los invente para hacerme relativamente feliz. Lo frustrante es que cuando voy ver no están ahí, cuando pienso en darles una palmadita el yo de los gatos desaparece en el espacio. A veces caminan entre mis piernas, siento como se frotan en mis piernas y sé que es medio al pedo volver a ver porque solo voy a encontrar mis zapatillas blancas con un costado roto. Otras son bolsos, mochilas, u otros objetos inanimados, inmóviles, que me observan “gatunamente”. Es, lo repito, frustrante. ¿Quizás me esté volviendo loco? Ver gatos invisibles, aunque no lo son, cuando los veo, son de colores, negros, naranjas y blancos, pero no están ahí, son gatos fantasma. Otras veces son perros y muy rara vez lobos, y cuando veo mujeres desnudas con un lobo encima sobro sus hombros me ilusiono, pero no están acá, no sé de donde vienen.
Soy, era un ebrio. ¿Sera por eso? Como dijo Aimé, soy como un grano lleno de pus en medio del ojete. Tendría que buscar el significado de alucinar con gatos, gatos y mujeres desnudas. ¿Será por eso que les dicen “gatos” a las “mujeres desnudas”?.

Oh Pedro

Llegó, bajó del auto y camino hasta la entrada del edificio, abrió la puerta del edificio y fue hasta el ascensor, parecía que había estado esperándolo. Abrió. Entró. Cerró la puerta y apretó el cuatro. El viaje pareció tranquilo, al final llegó. Camino por el pasillo hasta el departamento A, abrió con su llave y apenas entró, sin decir nada, fue directo al baño.
Se miró en el espejo, apoyando las manos en el mármol del lavamanos, se miró, no podía soportarlo y con una mano tocó el espejo, tapó parte del reflejo de su rostro, pero uno de sus ojos mantenía la mirada. En eso alguien golpeó la puerta, era Silvia, su mujer. Y él siguió mirando, pensando, abrió la puerta y la contemplo estupefacto mientras ella hablaba y hablaba.
-          Lo que no puedo entender son esas cosas que dice la gente, las parejitas pelotudas, los viejos chusmas y demás… dicen “los novios de mis amigas tienen concha” o “las novias de mis amigos tienen pija”.
Él no podía detener la cadena de pensamientos, en lo que pensaba. Pensaba ávidamente en ellos, en él en especial, su gata. “¿Por qué después de casarse con Silvia no tuvieron mascotas?... La pelotudes que me dice y yo recién salgo del hospital” pensó, y lo único que recuerdo es a mi gata, en mi infancia, como dormía a los pies de la cama, Furcia era su nombre, no lo olvidaba.
En el Hospital Intersonal General de Agudos, antes de partir del pabellón de salud mental, pasó por la morgue y vio, dentro de una habitación con la puerta abierta a un cadáver, un gordo envuelto en nylon, parecía que había tenido un accidente, sus brazos estaban todos llenos de tajos y su cabeza aplastada, explotada, todo dentro de un nylon totalmente antihigiénico.
Estaba totalmente molesto por la gente que es profesional en algo, esto o lo otro, y piensa que tiene todas las respuestas, ¿Qué era ese cadáver ahí sin nada de vigilancia, con la puerta abierta, a la vista indiscriminada de cualquiera? Se dijo a sí mismo.
-          La paranoia es contagiosa. – le dijo a Silvia, su mujer. Necesitaba tiempo a solas.
Siguió pensando en Furcia, su gata, era la gota que rebalsó el vaso, tenía que tener otro gato como ese, habían pasado 25 años desde que no tocaba a un animal, ni los perros en la calle se le acercaban, supo entonces cual era la causa. Silvia. La muy pajera de Silvia lo había apartado de todo lo que era, de todo lo que fue y lo iba a seguir apartando de todo lo que podría llegar a ser. ¿Era Silvia una mierda en su vida? Pensó. No supo responderse, pero en ese mismo instante agarro las llaves del auto y a los empujones con todo, las paredes, los muebles, Silvia (que era otro objeto más) abrió la puerta y casi corriendo salió por el pasillo hasta el ascensor que estaba ahí todavía, entró, fue hasta planta baja, al salir del ascensor fue hasta la puerta del edificio, la abrió y fue caminando hasta el coche, iba a ir a encontrar un gato, una gata, eso o la muerte.
Mientras subía al auto Silvia se asomó a la ventana y le gritó, “Pedro, ¿A dónde vas?” él la miro y lo único que pudo decir fue “al carajo con vos Silvia”.