20 mar 2013

en mitad de la nada


Despertó y vió la cara de su mujer toda babeada, chorreando saliva sobre la almohada. La almohada era de esas que son una sola almohada larga, era una mierda que la deje toda babeada, pero que podía hacer, la amaba. Desde hacía nueve meses la amaba, pero ella parecía estar despidiendo olor a macho cada vez con más frecuencia. Son cosas que pasan. Ese olor a macho podía ser su propio olor a macho mesclado con tabaco, generado por una mezcla de sudor y cigarrillos, como si hubiera fumado uno atrás del otro, ella es una mujer fumadora.
Se levantó de la cama con ganas de mear, se puso los calzoncillos y una remera y fue para el pequeño baño que quedaba al lado de la habitación, meó, meó tranquilo. Después se lavó la cara, se miró al espejo y vió que le había salido un grano en la pera. Recordó como lo habían mandado a la mierda cientos de veces y una vez en particular le habían gritado que era un grano lleno de pus en medio del culo. Explotó el grano y se volvió a enjuagar la jeta, volvió a la cama.
Ella se despertó, estaba hermosa, se rió de haberse babeado y se estiro toda como era, desnuda en la cama, le abrazo la panza a Oscar y esté la miro con amor, a punto de morirse. Ella bajó, le sacó los calzoncillos a Oscar y le hizo sexo oral.  Era una buena mañana, lo que era malo era el no saber qué hacer de todo el día que le esperaba.
Cuando ella se cansó de hacerlo hicieron el amor durante mucho tiempo, dos horas quizás, buen sexo explícito, descarnado, animal. Al final se cambiaron, ella fue al baño a lavarse y hacer pis. Podía escucharla mear desde la cama mientras se ponía un par de medias, luego el pantalón, los zapatos, la camisa, se peinó con la mano mientras ella le preguntaba desde el baño si quería desayunar antes de salir a caminar. Ninguno de los dos tenía nada que hacer.
Ella se vistió y bajaron a desayunar un té con leche y unas galletitas, después juntaron sus cosas y planearon a donde ir, una plaza, una esquina, la entrada de un edificio, cualquier lugar era bueno para el plan que habían organizado, los dos tenían ganas de emborracharse con cerveza. Juntaron la plata que tenían entre los dos y les alcanzaba para tomar unas seis cervezas de litro, era bueno para pasar el tiempo, tanta cerveza, hasta la noche cuando los dos habrían de separarse e ir cada uno a su casa.
Salieron del hotel caminando tranquilos, ella fumaba un cigarrillo con sus gafas negras de sol calzadas en la vista. Iban al primer quiosco donde vendieran cerveza. Caminaron largo y tendido, charlando hasta que llegaron a una esquina donde había un mercadito y compraron la primera de muchas de esa tarde. Se sentaron a tomarla al lado del mercadito. Y mientras ella fumaba y el tomaba pasaban las horas, compraron otras dos botellas más de cerveza y se las tomaron ahí mismo, charlando, viendo a la gente pasar, comentando pelotudeces. Al final se hizo de noche, se pararon y fueron hasta otro quiosco más lejano, un poco tambaleando por la cerveza que habían mezclado con pastillas somníferas. La ciudad estaba hermosa bajo el calido nocturno.
Llegaron a otro quiosco y compraron una cerveza más y un vino tinto de tres cuartos, se sentaron a la vuelta del lugar a charlar y seguir tomando. Todo parecía ir viento en popa cuando ella se volvió histérica y empezó a reprocharle cosas a Oscar, Oscar sin mucho más que hacer descorcho el vino y empezó a darle. Ella seguía fumando sus cigarrillos armados. Había un clima de perdición de la nada en la noche, en ella, en los autos, micros, gente que pasaba. La noche se había vuelto sombria, ebria de tinto parecía que iba a terminar mal. Ella terminó la cerveza y decidio ir a mear a un bingo que había en la otra esquina, Oscar se quedó sentado tomando vino, tomó vino, tomó más vino y más vino hasta que la botella se terminó.
Ella nunca volvió, Oscar se levanto tambaleando, iba a ir directo a la parada de colectivo para ir a su casa, pero no podía coordinar bien sus movimientos, la ebridad es algo extraño en la noche para los hombres solitarios, un generador de mala suerte. En cuanto quizo cruzar la calle para ir directo a la parada de micros un coche patrulla lo pasó por encima, le rompió el cráneo y Oscar murió ahí, tendido, ebrio, sobre la mitad de la calle, el coche patrulla emitia luces intermintentes y llenaba la noche llena de edificios de un color azulado, como un circo muerto en mitad del otoño.

3 mar 2013

A veces me siento mejor solo


Estaba tranquilo, esperando algo, no sé bien qué, pero esperaba. El abuelo estaba cortándose los dedos de los pies con una tijera en el sofá mientras que la abuela hablaba de la muerte en la habitación, tirada en la cama y tapada hasta los ojos. Yo estaba tranquilo, decidí fumarme otro cigarrillo en el lavadero y después salir a dar un paseo, a caminar un rato, durante una hora o más tal como es la indicación médica. Me preparé para salir.
Fui hasta la parada del bondi y recién llegaba, me subí y pagué con la tarjeta como siempre, me senté y me puse a leer sobre samuráis con fantasías eróticas basadas en labios de geishas y cabezas sin nariz cortadas en el año 1500 en Japón. El viaje fue bastante tranquilo.
 Llegué al centro en un rato, lo que me pareció muy corto. Por alguna extraña razón me bajé antes del colectivo, fue algo esporádico, espontaneo que me empujó, si seguía un segundo más en el colectivo me moría, esa fue la sensación que tuve. Me bajé del colectivo y decidido a empezar a caminar desde la biblioteca me encaminé hacia esta, que quedaba a cuatro cuadras.
Iba tranquilo por Independencia, hice mi primer cuadra, tenía frio, como un boludo había salido desabrigado, no podía pensar en nada salvo en llegar a la biblioteca y caminar hasta la parada que queda lejos del bondi para volverme, tardaba una hora exactamente en llegar de la biblioteca hasta esa parada, así que era buen ejercicio, pero el camino me parecía un trance negativo, algo fuera de lo ordinario totalmente negativo. Al cruzar la esquina y pasar a la segunda cuadra seguí tranquilo. Pero los fantasmas de la caminata me aplastaban, era el tiempo que pasaba y mi alma totalmente aturdida muriéndose de amor, muriendo de caspa, no estaba muriendo, estaba muerta.
Al llegar a la mitad de cuadra la gente empezó a caminar directamente hacia mí, desde todas las direcciones venían caminando tranquilos y ya se empezaba a formar un circulo a mi alrededor. No parecían enojados, no parecía que fueran personas conocidas, eran gente común, y ya se habían agolpado frente a mí y a mis espaldas, en lo que un hombre, un gordo canoso con una chomba me agarra del brazo, viene y me dice: “dale, wacho, quédate quietito”, tranquilo, pasivamente lo dice.
 En eso veo que diez o más personas tienen cuchillos en las manos y empiezan a apuñalarme, empiezan a apuñalarme por todas partes y yo solo voy sintiendo ardor, como picaduras de avispa en todo el cuerpo frente al bingo. No alcanzo a caerme al suelo porque el gordo de la chomba me tiene agarrado del codo con la mano rígida, los demás siguen acuchillándome, me sale sangre de los dedos, de las orejas, especialmente de las orejas, aunque todavía las tengo parece que me las apuñalaron varias veces y por alguna razón no me apuñalan los ojos, trato de no pensarlo, de no decirlo a gritos: “¡NO ME APUÑALEN LOS OJOS!”, ni un sonido sale de mí, escucho percusiones y palabrerío, parece que todos hablan en otro idioma. No me apuñalan los ojos, pero si todo el cuerpo, que parece bife crudo ya de tantos tajos, lleno de grasa y la sangre es negra.
Recuerdo a Carolina y como la cruce por la calle una vez, iba con su novio y yo tenía una botella de whisky que recién me había comprado, eran tan felices y  yo también, tenía un whisky, pero esa no era la razón, la razón era que ella estaba conmigo, Aimé estaba ahí incondicionalmente. Pero ahora no. Carolina tenía un cacho de tergopol y le pegaba al novio con eso. No recuerdo nada más de esa noche, salvo como tomaba whisky con Pepsi con Aimé sentados al lado de un mercadito.
Parece que ahora no puedo salir a ningún lado, con miedo de que me apuñalen, y si no lo hacen es porque son todos fantasmas, no existen, yo tampoco o si, es como siempre digo y puede que suene egoísta, pero tengo 26 años y soy el centro del mundo. Todo lo que está alrededor es una fantasía cruel, producto de una sociedad totalmente enfermiza, funciona totalmente mal todo alrededor, pero me importa un carajo como funcione, mientras pueda ser deliberadamente, libertinamente, salvajemente libre, pero no lo soy, soy una condición andante.
Las apuñaladas nunca cesan cuando voy andando por la calle y toda la gente se agolpa alrededor mío con navajas, cuchillos, bisturís, hojas de afeitar, cierras para cortar metal, hasta tenedores tienen para apuñalarme. El gordo de la chomba me soltó de golpe, no sé si porque sí o porque el brazo ya se me cayó. Logro llegar hasta la esquina, cruzo la calle y sigo derecho hasta la otra esquina, la esquina de Luro, donde hay una vieja que vende calcomanías de piratas, me mira con unos ojos de loca, tiene el pelo despeinado y gris, y viste como linyera, ahí es cuando me doy cuenta que ya no me apuñalan, ni siquiera están agolpados a mi alrededor, no hay nadie cerca, solo la vieja de las calcos. No sé cómo me mantengo en pie, todavía decidido a llegar a la biblioteca. Parece todo una pesadilla, no es que esté solo, la gente ahora hace sus cosas tranquila, en movimiento, haciendo barullo, no me siguen.
No puedo más, es un tormento, la idea de ir de la biblioteca a la otra parada me parece totalmente suicida y enfermiza, al carajo caminar, ¡al carajo las indicaciones de la nutricionista! Logro llegar a la biblioteca, que está cerrada y yo me lamento otra vez, porque cada vez que trato de ir está cerrada. Hace mucho que no saco un libro como la gente y bueno, la parada de vuelta al hogar está ahí en frente, espero, espero mucho fumando un pucho.
Al final llego a la casa de los abuelos y parece que pasaron como dos horas o más. Me siento enfrente de la computadora y leo lo que escribí, la abuela se para frente a mí y me ojea, me mira directamente a los ojos y parece que la situación se vuelve totalmente irreal, no es verídico lo que sucede, me mira y todo lo demás parece como un video juego, parece una animación, hasta se ve pixelado todo, salvo la cara de la abuela, su pelo, su ropa, su cuerpo, el fondo y todo lo demás parece irreal y ella me dice: “estoy esperando a que se te caigan los ojos”. Debe ser por la forma en que la miro tan de frente, estupefacto, es más, le digo lo irreal de la situación, pero parece no alterar en nada su mirada y sigue diciéndome: “estoy esperando a que se te caigan los ojos” no sé por qué lo dice. Sus ojos esperan. No sé si será por la medicación.