Despertó
y vió la cara de su mujer toda babeada, chorreando saliva sobre la almohada. La
almohada era de esas que son una sola almohada larga, era una mierda que la
deje toda babeada, pero que podía hacer, la amaba. Desde hacía nueve meses la
amaba, pero ella parecía estar despidiendo olor a macho cada vez con más
frecuencia. Son cosas que pasan. Ese olor a macho podía ser su propio olor a
macho mesclado con tabaco, generado por una mezcla de sudor y cigarrillos, como
si hubiera fumado uno atrás del otro, ella es una mujer fumadora.
Se
levantó de la cama con ganas de mear, se puso los calzoncillos y una remera y
fue para el pequeño baño que quedaba al lado de la habitación, meó, meó
tranquilo. Después se lavó la cara, se miró al espejo y vió que le había salido
un grano en la pera. Recordó como lo habían mandado a la mierda cientos de
veces y una vez en particular le habían gritado que era un grano lleno de pus
en medio del culo. Explotó el grano y se volvió a enjuagar la jeta, volvió a la
cama.
Ella se
despertó, estaba hermosa, se rió de haberse babeado y se estiro toda como era,
desnuda en la cama, le abrazo la panza a Oscar y esté la miro con amor, a punto
de morirse. Ella bajó, le sacó los calzoncillos a Oscar y le hizo sexo
oral. Era una buena mañana, lo que era
malo era el no saber qué hacer de todo el día que le esperaba.
Cuando
ella se cansó de hacerlo hicieron el amor durante mucho tiempo, dos horas
quizás, buen sexo explícito, descarnado, animal. Al final se cambiaron, ella
fue al baño a lavarse y hacer pis. Podía escucharla mear desde la cama mientras
se ponía un par de medias, luego el pantalón, los zapatos, la camisa, se peinó
con la mano mientras ella le preguntaba desde el baño si quería desayunar antes
de salir a caminar. Ninguno de los dos tenía nada que hacer.
Ella se
vistió y bajaron a desayunar un té con leche y unas galletitas, después
juntaron sus cosas y planearon a donde ir, una plaza, una esquina, la entrada
de un edificio, cualquier lugar era bueno para el plan que habían organizado,
los dos tenían ganas de emborracharse con cerveza. Juntaron la plata que tenían
entre los dos y les alcanzaba para tomar unas seis cervezas de litro, era bueno
para pasar el tiempo, tanta cerveza, hasta la noche cuando los dos habrían de
separarse e ir cada uno a su casa.
Salieron
del hotel caminando tranquilos, ella fumaba un cigarrillo con sus gafas negras
de sol calzadas en la vista. Iban al primer quiosco donde vendieran cerveza.
Caminaron largo y tendido, charlando hasta que llegaron a una esquina donde
había un mercadito y compraron la primera de muchas de esa tarde. Se sentaron a
tomarla al lado del mercadito. Y mientras ella fumaba y el tomaba pasaban las
horas, compraron otras dos botellas más de cerveza y se las tomaron ahí mismo,
charlando, viendo a la gente pasar, comentando pelotudeces. Al final se hizo de
noche, se pararon y fueron hasta otro quiosco más lejano, un poco tambaleando
por la cerveza que habían mezclado con pastillas somníferas. La ciudad estaba
hermosa bajo el calido nocturno.
Llegaron
a otro quiosco y compraron una cerveza más y un vino tinto de tres cuartos, se
sentaron a la vuelta del lugar a charlar y seguir tomando. Todo parecía ir
viento en popa cuando ella se volvió histérica y empezó a reprocharle cosas a
Oscar, Oscar sin mucho más que hacer descorcho el vino y empezó a darle. Ella
seguía fumando sus cigarrillos armados. Había un clima de perdición de la nada
en la noche, en ella, en los autos, micros, gente que pasaba. La noche se había
vuelto sombria, ebria de tinto parecía que iba a terminar mal. Ella terminó la
cerveza y decidio ir a mear a un bingo que había en la otra esquina, Oscar se
quedó sentado tomando vino, tomó vino, tomó más vino y más vino hasta que la
botella se terminó.
Ella
nunca volvió, Oscar se levanto tambaleando, iba a ir directo a la parada de
colectivo para ir a su casa, pero no podía coordinar bien sus movimientos, la
ebridad es algo extraño en la noche para los hombres solitarios, un generador
de mala suerte. En cuanto quizo cruzar la calle para ir directo a la parada de
micros un coche patrulla lo pasó por encima, le rompió el cráneo y Oscar murió
ahí, tendido, ebrio, sobre la mitad de la calle, el coche patrulla emitia luces
intermintentes y llenaba la noche llena de edificios de un color azulado, como
un circo muerto en mitad del otoño.
