Estaba
tranquilo, esperando algo, no sé bien qué, pero esperaba. El abuelo estaba
cortándose los dedos de los pies con una tijera en el sofá mientras que la
abuela hablaba de la muerte en la habitación, tirada en la cama y tapada hasta
los ojos. Yo estaba tranquilo, decidí fumarme otro cigarrillo en el lavadero y
después salir a dar un paseo, a caminar un rato, durante una hora o más tal
como es la indicación médica. Me preparé para salir.
Fui
hasta la parada del bondi y recién llegaba, me subí y pagué con la tarjeta como
siempre, me senté y me puse a leer sobre samuráis con fantasías eróticas
basadas en labios de geishas y cabezas sin nariz cortadas en el año 1500 en
Japón. El viaje fue bastante tranquilo.
Llegué al centro en un rato, lo que me pareció
muy corto. Por alguna extraña razón me bajé antes del colectivo, fue algo
esporádico, espontaneo que me empujó, si seguía un segundo más en el colectivo
me moría, esa fue la sensación que tuve. Me bajé del colectivo y decidido a
empezar a caminar desde la biblioteca me encaminé hacia esta, que quedaba a cuatro
cuadras.
Iba
tranquilo por Independencia, hice mi primer cuadra, tenía frio, como un boludo
había salido desabrigado, no podía pensar en nada salvo en llegar a la
biblioteca y caminar hasta la parada que queda lejos del bondi para volverme,
tardaba una hora exactamente en llegar de la biblioteca hasta esa parada, así
que era buen ejercicio, pero el camino me parecía un trance negativo, algo
fuera de lo ordinario totalmente negativo. Al cruzar la esquina y pasar a la
segunda cuadra seguí tranquilo. Pero los fantasmas de la caminata me
aplastaban, era el tiempo que pasaba y mi alma totalmente aturdida muriéndose
de amor, muriendo de caspa, no estaba muriendo, estaba muerta.
Al
llegar a la mitad de cuadra la gente empezó a caminar directamente hacia mí,
desde todas las direcciones venían caminando tranquilos y ya se empezaba a
formar un circulo a mi alrededor. No parecían enojados, no parecía que fueran
personas conocidas, eran gente común, y ya se habían agolpado frente a mí y a
mis espaldas, en lo que un hombre, un gordo canoso con una chomba me agarra del
brazo, viene y me dice: “dale, wacho, quédate quietito”, tranquilo, pasivamente
lo dice.
En eso veo que diez o más personas tienen
cuchillos en las manos y empiezan a apuñalarme, empiezan a apuñalarme por todas
partes y yo solo voy sintiendo ardor, como picaduras de avispa en todo el
cuerpo frente al bingo. No alcanzo a caerme al suelo porque el gordo de la
chomba me tiene agarrado del codo con la mano rígida, los demás siguen
acuchillándome, me sale sangre de los dedos, de las orejas, especialmente de
las orejas, aunque todavía las tengo parece que me las apuñalaron varias veces
y por alguna razón no me apuñalan los ojos, trato de no pensarlo, de no decirlo
a gritos: “¡NO ME APUÑALEN LOS OJOS!”, ni un sonido sale de mí, escucho
percusiones y palabrerío, parece que todos hablan en otro idioma. No me
apuñalan los ojos, pero si todo el cuerpo, que parece bife crudo ya de tantos
tajos, lleno de grasa y la sangre es negra.
Recuerdo
a Carolina y como la cruce por la calle una vez, iba con su novio y yo tenía
una botella de whisky que recién me había comprado, eran tan felices y yo también, tenía un whisky, pero esa no era
la razón, la razón era que ella estaba conmigo, Aimé estaba ahí
incondicionalmente. Pero ahora no. Carolina tenía un cacho de tergopol y le
pegaba al novio con eso. No recuerdo nada más de esa noche, salvo como tomaba
whisky con Pepsi con Aimé sentados al lado de un mercadito.
Parece
que ahora no puedo salir a ningún lado, con miedo de que me apuñalen, y si no
lo hacen es porque son todos fantasmas, no existen, yo tampoco o si, es como
siempre digo y puede que suene egoísta, pero tengo 26 años y soy el centro del
mundo. Todo lo que está alrededor es una fantasía cruel, producto de una
sociedad totalmente enfermiza, funciona totalmente mal todo alrededor, pero me
importa un carajo como funcione, mientras pueda ser deliberadamente,
libertinamente, salvajemente libre, pero no lo soy, soy una condición andante.
Las
apuñaladas nunca cesan cuando voy andando por la calle y toda la gente se
agolpa alrededor mío con navajas, cuchillos, bisturís, hojas de afeitar,
cierras para cortar metal, hasta tenedores tienen para apuñalarme. El gordo de
la chomba me soltó de golpe, no sé si porque sí o porque el brazo ya se me cayó.
Logro llegar hasta la esquina, cruzo la calle y sigo derecho hasta la otra
esquina, la esquina de Luro, donde hay una vieja que vende calcomanías de
piratas, me mira con unos ojos de loca, tiene el pelo despeinado y gris, y viste
como linyera, ahí es cuando me doy cuenta que ya no me apuñalan, ni siquiera
están agolpados a mi alrededor, no hay nadie cerca, solo la vieja de las
calcos. No sé cómo me mantengo en pie, todavía decidido a llegar a la
biblioteca. Parece todo una pesadilla, no es que esté solo, la gente ahora hace
sus cosas tranquila, en movimiento, haciendo barullo, no me siguen.
No
puedo más, es un tormento, la idea de ir de la biblioteca a la otra parada me
parece totalmente suicida y enfermiza, al carajo caminar, ¡al carajo las
indicaciones de la nutricionista! Logro llegar a la biblioteca, que está
cerrada y yo me lamento otra vez, porque cada vez que trato de ir está cerrada.
Hace mucho que no saco un libro como la gente y bueno, la parada de vuelta al
hogar está ahí en frente, espero, espero mucho fumando un pucho.
Al
final llego a la casa de los abuelos y parece que pasaron como dos horas o más.
Me siento enfrente de la computadora y leo lo que escribí, la abuela se para
frente a mí y me ojea, me mira directamente a los ojos y parece que la
situación se vuelve totalmente irreal, no es verídico lo que sucede, me mira y
todo lo demás parece como un video juego, parece una animación, hasta se ve
pixelado todo, salvo la cara de la abuela, su pelo, su ropa, su cuerpo, el
fondo y todo lo demás parece irreal y ella me dice: “estoy esperando a que se
te caigan los ojos”. Debe ser por la forma en que la miro tan de frente,
estupefacto, es más, le digo lo irreal de la situación, pero parece no alterar
en nada su mirada y sigue diciéndome: “estoy esperando a que se te caigan los
ojos” no sé por qué lo dice. Sus ojos esperan. No sé si será por la medicación.
