3 mar 2013

A veces me siento mejor solo


Estaba tranquilo, esperando algo, no sé bien qué, pero esperaba. El abuelo estaba cortándose los dedos de los pies con una tijera en el sofá mientras que la abuela hablaba de la muerte en la habitación, tirada en la cama y tapada hasta los ojos. Yo estaba tranquilo, decidí fumarme otro cigarrillo en el lavadero y después salir a dar un paseo, a caminar un rato, durante una hora o más tal como es la indicación médica. Me preparé para salir.
Fui hasta la parada del bondi y recién llegaba, me subí y pagué con la tarjeta como siempre, me senté y me puse a leer sobre samuráis con fantasías eróticas basadas en labios de geishas y cabezas sin nariz cortadas en el año 1500 en Japón. El viaje fue bastante tranquilo.
 Llegué al centro en un rato, lo que me pareció muy corto. Por alguna extraña razón me bajé antes del colectivo, fue algo esporádico, espontaneo que me empujó, si seguía un segundo más en el colectivo me moría, esa fue la sensación que tuve. Me bajé del colectivo y decidido a empezar a caminar desde la biblioteca me encaminé hacia esta, que quedaba a cuatro cuadras.
Iba tranquilo por Independencia, hice mi primer cuadra, tenía frio, como un boludo había salido desabrigado, no podía pensar en nada salvo en llegar a la biblioteca y caminar hasta la parada que queda lejos del bondi para volverme, tardaba una hora exactamente en llegar de la biblioteca hasta esa parada, así que era buen ejercicio, pero el camino me parecía un trance negativo, algo fuera de lo ordinario totalmente negativo. Al cruzar la esquina y pasar a la segunda cuadra seguí tranquilo. Pero los fantasmas de la caminata me aplastaban, era el tiempo que pasaba y mi alma totalmente aturdida muriéndose de amor, muriendo de caspa, no estaba muriendo, estaba muerta.
Al llegar a la mitad de cuadra la gente empezó a caminar directamente hacia mí, desde todas las direcciones venían caminando tranquilos y ya se empezaba a formar un circulo a mi alrededor. No parecían enojados, no parecía que fueran personas conocidas, eran gente común, y ya se habían agolpado frente a mí y a mis espaldas, en lo que un hombre, un gordo canoso con una chomba me agarra del brazo, viene y me dice: “dale, wacho, quédate quietito”, tranquilo, pasivamente lo dice.
 En eso veo que diez o más personas tienen cuchillos en las manos y empiezan a apuñalarme, empiezan a apuñalarme por todas partes y yo solo voy sintiendo ardor, como picaduras de avispa en todo el cuerpo frente al bingo. No alcanzo a caerme al suelo porque el gordo de la chomba me tiene agarrado del codo con la mano rígida, los demás siguen acuchillándome, me sale sangre de los dedos, de las orejas, especialmente de las orejas, aunque todavía las tengo parece que me las apuñalaron varias veces y por alguna razón no me apuñalan los ojos, trato de no pensarlo, de no decirlo a gritos: “¡NO ME APUÑALEN LOS OJOS!”, ni un sonido sale de mí, escucho percusiones y palabrerío, parece que todos hablan en otro idioma. No me apuñalan los ojos, pero si todo el cuerpo, que parece bife crudo ya de tantos tajos, lleno de grasa y la sangre es negra.
Recuerdo a Carolina y como la cruce por la calle una vez, iba con su novio y yo tenía una botella de whisky que recién me había comprado, eran tan felices y  yo también, tenía un whisky, pero esa no era la razón, la razón era que ella estaba conmigo, Aimé estaba ahí incondicionalmente. Pero ahora no. Carolina tenía un cacho de tergopol y le pegaba al novio con eso. No recuerdo nada más de esa noche, salvo como tomaba whisky con Pepsi con Aimé sentados al lado de un mercadito.
Parece que ahora no puedo salir a ningún lado, con miedo de que me apuñalen, y si no lo hacen es porque son todos fantasmas, no existen, yo tampoco o si, es como siempre digo y puede que suene egoísta, pero tengo 26 años y soy el centro del mundo. Todo lo que está alrededor es una fantasía cruel, producto de una sociedad totalmente enfermiza, funciona totalmente mal todo alrededor, pero me importa un carajo como funcione, mientras pueda ser deliberadamente, libertinamente, salvajemente libre, pero no lo soy, soy una condición andante.
Las apuñaladas nunca cesan cuando voy andando por la calle y toda la gente se agolpa alrededor mío con navajas, cuchillos, bisturís, hojas de afeitar, cierras para cortar metal, hasta tenedores tienen para apuñalarme. El gordo de la chomba me soltó de golpe, no sé si porque sí o porque el brazo ya se me cayó. Logro llegar hasta la esquina, cruzo la calle y sigo derecho hasta la otra esquina, la esquina de Luro, donde hay una vieja que vende calcomanías de piratas, me mira con unos ojos de loca, tiene el pelo despeinado y gris, y viste como linyera, ahí es cuando me doy cuenta que ya no me apuñalan, ni siquiera están agolpados a mi alrededor, no hay nadie cerca, solo la vieja de las calcos. No sé cómo me mantengo en pie, todavía decidido a llegar a la biblioteca. Parece todo una pesadilla, no es que esté solo, la gente ahora hace sus cosas tranquila, en movimiento, haciendo barullo, no me siguen.
No puedo más, es un tormento, la idea de ir de la biblioteca a la otra parada me parece totalmente suicida y enfermiza, al carajo caminar, ¡al carajo las indicaciones de la nutricionista! Logro llegar a la biblioteca, que está cerrada y yo me lamento otra vez, porque cada vez que trato de ir está cerrada. Hace mucho que no saco un libro como la gente y bueno, la parada de vuelta al hogar está ahí en frente, espero, espero mucho fumando un pucho.
Al final llego a la casa de los abuelos y parece que pasaron como dos horas o más. Me siento enfrente de la computadora y leo lo que escribí, la abuela se para frente a mí y me ojea, me mira directamente a los ojos y parece que la situación se vuelve totalmente irreal, no es verídico lo que sucede, me mira y todo lo demás parece como un video juego, parece una animación, hasta se ve pixelado todo, salvo la cara de la abuela, su pelo, su ropa, su cuerpo, el fondo y todo lo demás parece irreal y ella me dice: “estoy esperando a que se te caigan los ojos”. Debe ser por la forma en que la miro tan de frente, estupefacto, es más, le digo lo irreal de la situación, pero parece no alterar en nada su mirada y sigue diciéndome: “estoy esperando a que se te caigan los ojos” no sé por qué lo dice. Sus ojos esperan. No sé si será por la medicación.