Llegó, bajó del auto y camino hasta la entrada del
edificio, abrió la puerta del edificio y fue hasta el ascensor, parecía que
había estado esperándolo. Abrió. Entró. Cerró la puerta y apretó el cuatro. El
viaje pareció tranquilo, al final llegó. Camino por el pasillo hasta el
departamento A, abrió con su llave y apenas entró, sin decir nada, fue directo
al baño.
Se miró en el espejo, apoyando las manos en el
mármol del lavamanos, se miró, no podía soportarlo y con una mano tocó el
espejo, tapó parte del reflejo de su rostro, pero uno de sus ojos mantenía la
mirada. En eso alguien golpeó la puerta, era Silvia, su mujer. Y él siguió
mirando, pensando, abrió la puerta y la contemplo estupefacto mientras ella
hablaba y hablaba.
-
Lo que no puedo entender son esas
cosas que dice la gente, las parejitas pelotudas, los viejos chusmas y demás…
dicen “los novios de mis amigas tienen concha” o “las novias de mis amigos
tienen pija”.
Él no podía detener la cadena de pensamientos, en lo
que pensaba. Pensaba ávidamente en ellos, en él en especial, su gata. “¿Por qué
después de casarse con Silvia no tuvieron mascotas?... La pelotudes que me dice
y yo recién salgo del hospital” pensó, y lo único que recuerdo es a mi gata, en
mi infancia, como dormía a los pies de la cama, Furcia era su nombre, no lo
olvidaba.
En el Hospital Intersonal General de Agudos, antes
de partir del pabellón de salud mental, pasó por la morgue y vio, dentro de una
habitación con la puerta abierta a un cadáver, un gordo envuelto en nylon,
parecía que había tenido un accidente, sus brazos estaban todos llenos de tajos
y su cabeza aplastada, explotada, todo dentro de un nylon totalmente
antihigiénico.
Estaba totalmente molesto por la gente que es
profesional en algo, esto o lo otro, y piensa que tiene todas las respuestas,
¿Qué era ese cadáver ahí sin nada de vigilancia, con la puerta abierta, a la
vista indiscriminada de cualquiera? Se dijo a sí mismo.
-
La paranoia es contagiosa. – le
dijo a Silvia, su mujer. Necesitaba tiempo a solas.
Siguió pensando en Furcia, su gata, era la gota que
rebalsó el vaso, tenía que tener otro gato como ese, habían pasado 25 años
desde que no tocaba a un animal, ni los perros en la calle se le acercaban,
supo entonces cual era la causa. Silvia. La muy pajera de Silvia lo había
apartado de todo lo que era, de todo lo que fue y lo iba a seguir apartando de
todo lo que podría llegar a ser. ¿Era Silvia una mierda en su vida? Pensó. No
supo responderse, pero en ese mismo instante agarro las llaves del auto y a los
empujones con todo, las paredes, los muebles, Silvia (que era otro objeto más)
abrió la puerta y casi corriendo salió por el pasillo hasta el ascensor que
estaba ahí todavía, entró, fue hasta planta baja, al salir del ascensor fue
hasta la puerta del edificio, la abrió y fue caminando hasta el coche, iba a ir
a encontrar un gato, una gata, eso o la muerte.
Mientras subía al auto Silvia se asomó a la ventana
y le gritó, “Pedro, ¿A dónde vas?” él la miro y lo único que pudo decir fue “al
carajo con vos Silvia”.
