3 feb 2013

Oh Pedro

Llegó, bajó del auto y camino hasta la entrada del edificio, abrió la puerta del edificio y fue hasta el ascensor, parecía que había estado esperándolo. Abrió. Entró. Cerró la puerta y apretó el cuatro. El viaje pareció tranquilo, al final llegó. Camino por el pasillo hasta el departamento A, abrió con su llave y apenas entró, sin decir nada, fue directo al baño.
Se miró en el espejo, apoyando las manos en el mármol del lavamanos, se miró, no podía soportarlo y con una mano tocó el espejo, tapó parte del reflejo de su rostro, pero uno de sus ojos mantenía la mirada. En eso alguien golpeó la puerta, era Silvia, su mujer. Y él siguió mirando, pensando, abrió la puerta y la contemplo estupefacto mientras ella hablaba y hablaba.
-          Lo que no puedo entender son esas cosas que dice la gente, las parejitas pelotudas, los viejos chusmas y demás… dicen “los novios de mis amigas tienen concha” o “las novias de mis amigos tienen pija”.
Él no podía detener la cadena de pensamientos, en lo que pensaba. Pensaba ávidamente en ellos, en él en especial, su gata. “¿Por qué después de casarse con Silvia no tuvieron mascotas?... La pelotudes que me dice y yo recién salgo del hospital” pensó, y lo único que recuerdo es a mi gata, en mi infancia, como dormía a los pies de la cama, Furcia era su nombre, no lo olvidaba.
En el Hospital Intersonal General de Agudos, antes de partir del pabellón de salud mental, pasó por la morgue y vio, dentro de una habitación con la puerta abierta a un cadáver, un gordo envuelto en nylon, parecía que había tenido un accidente, sus brazos estaban todos llenos de tajos y su cabeza aplastada, explotada, todo dentro de un nylon totalmente antihigiénico.
Estaba totalmente molesto por la gente que es profesional en algo, esto o lo otro, y piensa que tiene todas las respuestas, ¿Qué era ese cadáver ahí sin nada de vigilancia, con la puerta abierta, a la vista indiscriminada de cualquiera? Se dijo a sí mismo.
-          La paranoia es contagiosa. – le dijo a Silvia, su mujer. Necesitaba tiempo a solas.
Siguió pensando en Furcia, su gata, era la gota que rebalsó el vaso, tenía que tener otro gato como ese, habían pasado 25 años desde que no tocaba a un animal, ni los perros en la calle se le acercaban, supo entonces cual era la causa. Silvia. La muy pajera de Silvia lo había apartado de todo lo que era, de todo lo que fue y lo iba a seguir apartando de todo lo que podría llegar a ser. ¿Era Silvia una mierda en su vida? Pensó. No supo responderse, pero en ese mismo instante agarro las llaves del auto y a los empujones con todo, las paredes, los muebles, Silvia (que era otro objeto más) abrió la puerta y casi corriendo salió por el pasillo hasta el ascensor que estaba ahí todavía, entró, fue hasta planta baja, al salir del ascensor fue hasta la puerta del edificio, la abrió y fue caminando hasta el coche, iba a ir a encontrar un gato, una gata, eso o la muerte.
Mientras subía al auto Silvia se asomó a la ventana y le gritó, “Pedro, ¿A dónde vas?” él la miro y lo único que pudo decir fue “al carajo con vos Silvia”.